Liván Hernández se sentó conmigo casi hora y media. Habló del anillo, de Barry Bonds, del hermano y de la noche en que un equipo entero le viró la espalda. Pero la historia empieza con un maletín lleno de champú.

Hay decisiones que uno cree que se toman en una oficina, con un contrato encima de la mesa. Esta se tomó al lado de un latón de basura.

Corría 1995. Liván Hernández venía de un mundial universitario —una de esas trampas que Cuba montaba metiendo peloteros del equipo nacional donde no tocaba— y regresaba, como regresaban todos, cargado. No cargado de trofeos: cargado de champú, de jabón, de cosas que en la isla no había. Y de asientos de bicicleta. Veinte, me dijo. Los que en Cuba llamábamos halcones, de ciclismo, que allá se vendían caros.

“Todas las bicicletas estaban al frente de todos los dormitorios, veinte bicicletas al lado del otro edificio, veinte en el otro. Cuando ya faltaban cinco días, tres días, las bicicletas andaban sin asiento.”

Entonces avisaron que quien llevara algo que no fuera del equipo no viajaba más. Y Liván, que no pertenecía a esa delegación sino al Equipo Cuba, calculó el riesgo de una suspensión y empezó a botarlo todo.

Fue botando los asientos cuando lo pensó:

“Yo votando las cosas dije: este es el último viaje. Este es el último viaje que me va a ver el equipo Cuba.”

No fue un scout. No fue una oferta. Fue un hombre de veinte años tirando asientos de bicicleta a la basura y entendiendo, en ese gesto, que la vida entera que le habían asignado cabía en ese maletín.

Quién era antes de irse

Conviene decir lo que se iba, porque la propaganda después lo pintó como un muchacho que se fue detrás del dinero.

En Cuba, Liván tenía números. Terminó una temporada en 6-2, empatado con Ajete —el mejor zurdo del país— discutiéndose quién era el mejor lanzador de la isla.

“Yo fui el derecho y él el zurdo.”

No hay soberbia en eso: hay memoria, porque le molesta que hoy la gente hable en redes sin haber visto.

Y hay un nombre que él repite con gratitud: Jorge Fuentes.

“Si no hubiera sido José Fuente, el futuro mío en la pelota aquí en Estados Unidos a lo mejor cambió, porque no hubiera hecho el equipo Cuba.”

Fuentes le dio el chance de abrir con Occidentales cuando en esa loma sobraba caballo: Ajete, Faustino Corrales, Tati Valdés. De ahí a la selectiva; de la selectiva al Equipo Cuba; del Equipo Cuba a Monterrey. Una cadena.

Le pregunté por su mejor juego en Cuba y no dudó. Fue contra Lázaro Valle. Ganó 1-0.

“No sé ni cómo le hicimos la carrera, pero era ponche, porque Valle dio creo que como catorce ponches o más.”

Y hay una fecha que a mí me parece de novela: el 4 de abril de 1995 le tocó lanzar contra su hermano, Orlando “El Duque”. Ganó. No querían hacerlo —siempre se habían jurado que jamás se enfrentarían— pero algo pasó y fue obligado.

“No fue bueno, porque nosotros siempre dijimos que nunca nos íbamos a enfrentar.”

Tres meses después, uno de los dos ya no estaba en Cuba.

Cuatro días encerrado

La salida fue en Monterrey. Cinco días después de que la selección cubana partiera de México, Liván se quedó. Y entonces empezó la cacería.

“Yo me metí cuatro días dentro de una habitación sin salir. Estaban buscando para todos los lados.”

Mandaron gente de la embajada. Los que él llama, sin adornos, los segurosos. Cuatro días en un cuarto de hotel, sin asomarse, esperando.

Del otro lado del teléfono estaba Juan Ignacio, el hombre que él describe sin titubear:

“Es como mi padre. Él fue el que me cambió la vida.”

Y hay una frase de esa etapa que conviene subrayar, porque contradice todo lo que después dijeron de él:

“Yo vine solo, me quedé solo. A mí nadie me mandaba veinte pesos. No era nadie.”

Veintidós años y el mundo entero

Dos años más tarde, aquel muchacho de los asientos de bicicleta era el jugador más valioso de una Serie Mundial.

1997. Los Marlins de Florida. Y esa frase que se le salió del alma en la entrevista más corta que se recuerde en una Serie Mundial: I love you Miami.

Casi treinta años después la gente todavía lo para en la calle por eso.

“Esa fue la entrevista más corta de una Serie Mundial de la historia del béisbol.”

Le dije que era un récord y se rió. Pero hay un detalle de ese día que él guarda por encima del anillo: ese mismo día llegó su mamá de Cuba. Le dieron la sorpresa en el aeropuerto.

“El día más importante de la carrera y el mejor día mío de béisbol.”

La factura se la pasaron al hermano

Aquí es donde la historia deja de ser deportiva, y donde se parece a otras que hemos contado en este sitio.

Cuando Liván se quedó, en Cuba no castigaron a Liván —ya no podían—. Castigaron a Orlando. Le abrieron proceso a El Duque y hubo compañeros que se pararon a declarar en su contra.

Liván los nombra sin temblar: Germán Mesa, que hoy dirige al Equipo Cuba. Lazo. Gente que, según él, había recibido de las mismas manos que después señalaron.

“Hubieron gente que se pararon en la corte en contra de mi hermano… Si tú sabes que a ti te trajeron cosas también, lo que se tapan y dicen que no.”

Es la misma maquinaria que estudiamos en el caso de Rey Vicente Anglada —el propio Liván la invoca por su nombre en medio de la conversación—: la acusación primero, el borrado después, la prueba nunca.

A El Duque le prohibieron entrar a un estadio. Y entonces pasó lo que el régimen no calculó.

“Lo mejor que le sucedió a mi hermano fue eso. Le hicieron el favor. Mi hermano le metió cuatro anillos por la cabeza. Así que si me están oyendo, aguántense con eso.”

La noche de las espaldas

Pero si hay una imagen que resume lo que este país le hizo a los suyos, es la que Liván me contó del Clásico Mundial, Cuba contra Estados Unidos, en Miami.

El estadio entero de pie aplaudiéndolo. Y en el terreno, el Equipo Cuba —dirigido en ese momento por gente que él conocía de toda la vida— dándole la espalda. Literalmente. Girándose para que él viera los números.

Del otro lado, el equipo americano, afuera, aplaudiendo.

“A mí no me dolió. Me dio pena con ellos… A mí vale más eso que lo otro.”

Y me dijo algo que se me quedó pegado: que no era la primera vez. A su hermano se lo hicieron igual en Nueva York, cuando fue a lanzar el primer picheo.

Dos hermanos. Dos ciudades. La misma espalda.

Mira la entrevista completa con Liván Hernández:

El dolor que sí le dolió

Le pregunté por el momento más duro de su carrera y no mencionó Cuba. Mencionó el sexto juego de la Serie Mundial de 2002, con los Gigantes de San Francisco.

Tenían el juego ganado. La champaña estaba en los coolers del dugout. Y lo perdieron.

“El dolor más grande que yo he pasado en la pelota fue ese.”

Ni siquiera quiso montarse en el avión. Alquiló una limusina con Félix Rodríguez y Pedro Feliz y se fue por tierra desde Los Ángeles hasta San Francisco, pagando de su bolsillo un dineral, nada más que por no volar.

Y ahí aparece el otro nombre grande de esta conversación.

“Olvídate, con lo grande que fue… nunca pudo tener un anillo.”

Barry Bonds. El compañero. El vecino de clubhouse que le traía comida de su casa, con quien intercambiaba revistas de carros en el avión.

Liván lo enfrentó también como rival: lo ponchó con las bases llenas en los playoffs de 1997, en cuenta de tres y dos, con una recta en la esquinita.

Pero de todos los recuerdos de esa etapa, el que guarda como reliquia no es un ponche. Es un cambalache.

Willie Mays le firmó unas ocho pelotas. Liván, que no sabía cómo agradecerle, fue a una joyería del downtown y le compró un reloj de siete mil y pico de dólares.

“En mi casa, para mí, las joyas de la corona.”

El día que se dio cuenta

Y ahora la parte que él mismo dijo que no había contado en ninguna entrevista.

Cuando se retiró, tenía alrededor de trescientos mil dólares en efectivo. Se levantaba, salía, almorzaba, se compraba un par de zapatos, regresaba, dormía. Al otro día lo mismo.

“Me levanté un día y ya iba por ciento veinte.”

Ciento ochenta mil dólares evaporados sin un plan, sin un propósito, sin nada. Ahí paró.

Y fue un amigo —Tamayo, que había jugado en Ciego de Ávila— quien le dijo que se metiera a enseñar picheo, que si le gustaba la pelota se iba a aburrir en su casa.

Así nació la academia de Hialeah. Y hoy es donde vive la parte de Liván que menos se cuenta: el entrenador duro, el que grita cuando hay un error, el que sienta a un muchacho aunque el padre haya pagado.

“Aquí no se puede ser noble en la pelota. Tú eres noble y la gente se te sube arriba.”

Cobra ciento veinticinco y ciento cincuenta dólares por torneo, cuando en Miami el promedio anda por los doscientos cincuenta.

Y su queja no son los muchachos:

“El problema no son los peloteros, el problema son los padres.”

Un americano atrapado en un cuerpo cubano

Cerca del final me contó algo de cuando todavía vivía en la isla.

Tenía escondida en su cuarto una bandera americana con Marilyn Monroe en el medio. Un clavo se zafó y la bandera quedó guindando por fuera de la ventana.

Tocaron la puerta: la policía.

“¿Qué tú haces con una bandera americana por fuera de la ventana?”

Oía a Willy Chirino a escondidas. Miraba cómo se vestían los americanos. Ganaba 420 pesos al mes en un trabajo de electricista que nunca ejerció, porque hacía falta tener un trabajo para cobrar un salario.

“Yo siempre he sido un americano atrapado en el cuerpo de un cubano.”

Le pregunté si alguna vez se arrepintió.

“Nunca.”

Y le pregunté si volvería.

Me respondió con otra pregunta, que es la que deja abierta esta conversación y que yo no voy a cerrar aquí: cómo va uno a pedir asilo diciendo que lo reprimen, y al año y dos días estar de regreso.

Pero hay una cosa que sí quiere.

“Yo amo mi país. Yo espero ver mi Cuba libre para poder disfrutar de mi Cuba, que yo no disfruté completamente porque era muy joven.”

Nunca salió de noche en La Habana. Nunca la caminó como se camina una ciudad propia. Se fue con veinte años y con un maletín que tuvo que botar en un basurero de Monterrey.

Ganó una Serie Mundial. Ganó el premio al más valioso. Lanzó diecisiete años en las Grandes Ligas. Tiró el primer picheo de la historia de los Nacionales de Washington y todavía tiene esa pelota guardada en su casa.

Pero La Habana, la suya, todavía se la deben.

Entrevista realizada por Eliam Marrero Bernal para Recta al Pecho. Las declaraciones de Liván Hernández están tomadas textualmente de la conversación grabada, disponible íntegra en nuestro canal de YouTube.