Eduardo Paret fue, según los números, el mejor campocorto que ha dado la Serie Nacional. Tenía veintipico de años cuando lo sacaron de la pelota sin prueba, sin juicio y sin fecha de regreso. Hoy entrena a cincuenta muchachos en Miami y todavía dice que jugaría por Cuba.

Empecemos por lo que se puede medir, porque en este caso los números son parte de la historia y no un adorno.

Soy industrialista, pero no ciego. La pelota levanta pasiones y las pasiones ciegan, así que vamos a los promedios, que no discuten:

Paret Germán Mesa
Promedio de bateo .293 .285
Porcentaje de embasarse .405 .386
OPS .829 .809
Promedio de fildeo .972 .963

A eso hay que sumarle que Paret es tercero de todos los tiempos en bases robadas en Series Nacionales, y que jugó cinco temporadas más que Mesa.

Cinco más. A pesar de que le quitaron cuatro.

El día que no lo dejaron entrar a un terreno

De todo lo que Eduardo Paret me contó en Miami, hay una escena que se me quedó pegada y que no tiene nada de espectacular. Es un hombre parado en la puerta de un estadio.

Sancionado, sin equipo y sin poder practicar, Paret fue un día al Sandino a mover el cuerpo. Estaba Ávila. Lo mandaron a que no podía estar ahí.

“Yo sí sé lo que es estar sancionado y estar en la calle, donde todo el mundo me dio la espalda, todo el mundo me echó por un lado.”

Ese es el castigo real. No es la suspensión: es que el país entero aprende a mirar para otro lado cuando tú pasas.

La acusación

¿Qué había hecho Eduardo Paret?

Nada que alguien haya podido probar jamás. La acusación fue que él y otros peloteros del equipo habían hablado por teléfono con un compatriota que ya se había quedado en Estados Unidos.

“Lo que nos dijeron ellos fue que nosotros habíamos hablado por teléfono… Había gente que decía que habían hablado en Santa Clara, en la casa de los peloteros. Ahí sí, ahí sí mucha gente. Pero casualidad que a los que sancionaron fue a los principales del equipo.”

Ahí está el detalle que lo dice todo. Si el delito era hablar por teléfono, hablaron muchos. Los que pagaron fueron las figuras.

Paret no llegaba a los veinticinco. Estaba empezando.

“Eso no se le hace a un muchacho. Cuando aquello lo que tenía eran veinte años, veintidós años. Estaba empezando mi carrera deportiva, y después me pasé cuatro años.”

Y cuando le pregunté quién había dado la orden, la respuesta fue la misma que me han dado otros:

“Yo nunca supe. O sea, sabemos que fue alguien de la seguridad, alguien para hacer su trabajo, como digo yo. Pero eso no se hace.”

Él mismo trajo el nombre de Anglada

En medio de la conversación, sin que yo se lo preguntara, Paret puso el dedo exactamente donde va:

“Como pasó con Anglada, que no tenía nada que ver. Y lo malo de eso es que no hay prueba.”

Es la tercera vez en esta serie de entrevistas que un pelotero cubano me dice, por su cuenta, la misma frase sobre otro pelotero cubano.

Anglada. Marquetti. Ahora Paret. Tres generaciones distintas, tres provincias distintas, el mismo mecanismo: la acusación primero, la prueba nunca.

La sanción no tenía fecha

Aquí hay un dato que conviene subrayar, porque explica cómo funciona el castigo en Cuba mejor que cualquier análisis:

“La de nosotros fue, según nos dijeron, indefinida.”

Indefinida. Sin fecha de salida. Es decir: no era una pena, era una condición.

Un día le avisaron que se preparara, que iba a jugar. Después se lo quitaron otra vez, sin explicación. Terminó pasando la serie completa sin jugar.

Y cuando finalmente se la levantaron, tampoco le dijeron por qué. La versión que le llegó —y que él repite con cautela, como algo que le contaron— es que el interés vino de muy arriba.

“Sí, ese cuento me hicieron.”

En Cuba se sabe cuándo empieza una sanción. Nunca se sabe cuándo termina, ni quién decidió ninguna de las dos cosas.

Mira la entrevista completa con Eduardo Paret:

Lo que más duele: nunca lo pensó

Y aquí está la parte que convierte esta historia en algo peor que una injusticia deportiva.

A Eduardo Paret los scouts lo persiguieron desde niño. Desde 1988, en México, cuando tenía quince años. Después del mundial juvenil a los diecisiete. Y en la Olimpiada de Atlanta 1996, con más de veinte, cuando ya El Duque, Liván y Ordóñez habían abierto el camino.

Le pregunté si alguna vez lo consideró.

“Nunca lo pensé.”

Eso es lo que hay que entender. El hombre al que acusaron de estar hablando con los que se iban era, de todos, el que menos pensaba irse.

Lo castigaron cuatro años por una deslealtad que no existía, mientras a su lado pasaban ofertas que él ni siquiera miraba.

Volvió. Siguió jugando. Y llegó a ser capitán del equipo nacional otra vez.

Sin rencor con Germán Mesa

Le pregunté por Germán Mesa, porque toda su carrera cargó con esa comparación y porque los números le dan la razón a él.

La respuesta desarma:

“Nosotros en lo personal nos llevábamos bien. Aparte de que éramos contrarios dentro del terreno… Yo nunca tuve ningún roce de maldad con él, ni él conmigo tampoco.”

Y eso, lejos de debilitar la historia, la afila. Porque significa que lo que le hicieron a Paret no fue una rivalidad entre dos peloteros. Fue una decisión que se tomó por encima de los dos, en una oficina, por razones que no tenían nada que ver con la pelota.

“Se equivocaron”

Hoy los peloteros cubanos van y vienen. Firman afuera, regresan, juegan la Serie Nacional. Le pregunté a Paret qué siente al ver eso.

Su respuesta no fue amarga. Fue peor: fue justa.

“Yo lo veo bien, que el que quiera jugar que lo dejen jugar, porque eso no tiene nada que ver. Pero es para que vean lo que nos hicieron a nosotros, que estuvo mal.”

Y remató con la frase que ningún funcionario cubano le ha dicho jamás en la cara:

“Se está rectificando porque se sabe que se equivocaron.”

Rectificar sin admitir. Es el mismo patrón que vimos con Anglada, a quien devolvieron al banco de Industriales sin pedirle nunca perdón.

En Cuba no se corrigen los errores: se dejan de cometer, en silencio, y se espera que nadie saque la cuenta.

Miami: un warehouse, un terreno prestado y cincuenta muchachos

Paret llegó a Estados Unidos con visa. Venía desde 2015; en 2019 trajo a la familia y el COVID los dejó aquí.

Empezó la academia en un warehouse que le prestó un señor de Las Tunas. Después un excoach de Sancti Spíritus llamado Fran lo acogió en un terreno, hasta que Fran se enfermó y Paret se quedó con los muchachos.

Hoy tiene casi cincuenta. Y el problema no es la falta de talento:

“Sobre todo el terreno es una cosa difícil. Tengo tres o cuatro equipos aquí y me dan terreno dos o tres veces a la semana.”

Por las mañanas trabaja en otro lugar. En ese trabajo hay que dejar el teléfono a la entrada y no se puede tocar hasta la salida. El capitán del Equipo Cuba, guardando el celular en una gaveta para poder ganarse el día.

“Es difícil acostumbrarse. Uno nunca ha trabajado tanto. Pero todo esto lo hace uno por los hijos.”

Su madre, sus hermanos, sus tíos y sus primos siguen todos en Cuba. Aquí tiene a su esposa y a sus tres hijos. Sus niñas están cumpliendo quince y él anda metido en las fotos y en los preparativos.

Y aun así jugaría por Cuba

Le hice la pregunta que le hago a todos, sabiendo lo que le habían hecho.

“Yo jugaría por el equipo nacional. Yo quisiera ver a un equipo cubano como cuando nosotros jugábamos.”

Le respondí lo único honesto que se me ocurrió: que en el momento de su sanción, cuando le dieron la espalda, el pueblo de Cuba no lo defendió.

No discutió. Solo aclaró que respeta a los que hoy dicen que no.

Y me contó lo que hace cada vez que va a la isla: mete dos o tres guantecitos en la maleta para dejárselos a los niños de allá.

“Porque yo pasé ese trabajo también.”

Cuatro años de su carrera se los quitaron por una llamada de teléfono que nadie probó. Nunca supo quién firmó. Nunca le pidieron perdón.

Y él sigue llevando guantes.

Entrevista realizada por Eliam Marrero Bernal para Recta al Pecho. Las declaraciones de Eduardo Paret están tomadas textualmente de la conversación grabada, disponible íntegra en nuestro canal de YouTube.