El primer cubano en pasar los 400 jonrones falleció el 1 de junio, a los 67 años. Meses antes le abrió las puertas de su casa en Matanzas a nuestro micrófono y contó lo que nunca había contado completo: que a los 23 años se iba a quedar, que su familia entera lloró, y que el único que le dijo “quédate” fue su hermano, el loco. No se quedó. Y se arrepintió.
Hay entrevistas que uno hace pensando en la semana que viene, y hay entrevistas que uno hace —sin saberlo del todo— para la historia.
Esta fue de las segundas.
Lázaro Marino Junco Nenínger, el hombre de Limonar que le enseñó a Cuba a mirar para arriba, murió el 1 de junio en Matanzas, a los 67 años, después de pelearle a un cáncer con la misma terquedad con que le peleó a los lanzadores durante 18 temporadas.
Se fue siendo lo que fue siempre: el primer pelotero cubano en pasar la muralla de los 400 jonrones. Terminó con 405. Fue campeón jonronero 11 veces.
Y se fue, también, siendo lo otro que fue siempre: un hombre al que su país nunca terminó de darle el lugar que se ganó.
Lo que sigue es lo que él quiso dejar dicho.
El día que todos lloraron menos uno
Empecemos por la confesión, porque él mismo la puso sobre la mesa sin que yo tuviera que sacársela:
“No te voy a engañar. Ya cuando tenía 23 años iba a quedarme, a firmar.”
Era una gira: Panamá, México, Venezuela. Junco había tomado la decisión. Y antes de salir, la anunció en su casa.
“La vieja empezó a llorar, el viejo empezó a llorar, mi hermana empezó a llorar, la hija mía. Uno solo no lloró ahí: mi hermano, el que le digo el loco. Fue el único que me dijo: quédate.”
Quédate. Es decir: vete. Fírmalos. No mires para atrás.
No se quedó. El llanto de la casa pudo más que el consejo del loco.
Y entonces viene la vuelta de tuerca que solo la vida cubana sabe dar, y que Junco contó con una sonrisa amarga:
“Los que no querían que me quedara son los que después me decían: ¿y por qué no te quedaste?”
Le preguntamos directo si se arrepentía de no haber firmado.
“Sí.”
Sin adornos. A los 67 años, con toda la vida ya jugada, el jonronero más grande de su tiempo dijo que sí.
Seis oportunidades, un cheque dentro de una revista
No fue una oferta ni fueron dos. Junco contó más de seis intentos de firmarlo a lo largo de 20 años.
La más cinematográfica ocurrió en una grada en Venezuela, jugando con el Cuba B. Un hombre se le sentó detrás recitándole sus propios números —31 jonrones, 125 impulsadas— y le pasó una revista de los Phillies de Filadelfia.
“Me dijo: abre la revista. Firma ahí si quieres quedarte. Había un cheque ahí adentro.”
Un cheque en blanco dentro de una revista, en una grada. Dijo que no. Como dijo que no en Panamá, donde todavía guardaba las tarjeticas de los scouts.
“La gente B”
¿Y por qué el mejor jonronero de Cuba andaba en el equipo B?
Esa es exactamente la pregunta. Junco fue campeón de jonrones once veces y el Equipo Cuba grande casi nunca lo llamó. Él y su grupo —Fuentes, Romero, Wagner— hasta se bautizaron solos:
“Nos pusimos ‘la gente B’. Ve para aquí, ve para allá, ve para donde te manden.”
Un puertorriqueño que lo veía todos los años en las giras se lo dijo sin anestesia: si tú fueras campeón jonronero en Puerto Rico así de veces, estarías jugando Grandes Ligas; en tu país no puedes ni hacer el equipo Cuba.
Y hubo un día, armando una nómina para los Centroamericanos, en que Rodolfo Puente preguntó en voz alta por qué no estaba el líder de los jonrones. La respuesta del directivo fue, palabra por palabra:
“Se me había olvidado.”
Al lado de Junco estaba sentado Braudilio Vinent, y soltó la frase que resume medio siglo:
“En el único país del mundo donde se olvida el campeón jonronero es aquí en Cuba.”
Es el mismo Vinent cuya historia contamos en este archivo: el que también lo dio todo y también terminó esperando que alguien se acordara.
Mira la última entrevista de Lázaro Junco:
Cómo se fabricó el jonronero
Porque Junco no nació jonronero. Se hizo, con una frialdad de ingeniero que él mismo me explicó paso por paso.
Era un bateador de promedio, de chocar la bola. Hasta que el comisionado de Matanzas, Abelardo Castellanos, lo sentó en su oficina y le dijo la verdad que nadie decía en voz alta:
“Con ese biotipo tuyo se pagan jonrones. Los americanos pagan los jonrones. Mira cuántos batean sobre 300 en la Serie Nacional: un montón. Ahora dime cuántos dan más de 20 jonrones: dos o tres. Ahí tienes. Cambia.”
Y cambió todo. Rediseñó su entrenamiento músculo por músculo —hombros, antebrazos, caderas, abdomen, los planos que aceleran el swing— y se puso una regla secreta que no le contó a nadie:
“Si este año di 20, el año que viene tengo que dar 21. Y si daba 24, el año que viene más de 24. Cuando no cumplía la meta, decía: algo anduvo mal, hay que revisarse.”
De 9 jonrones en su tercera serie pasó a 17 en la cuarta. Y de ahí arrancó la cadena de veintitantos por temporada que lo llevó a los 405.
El pelotazo que inventó el gesto
Toda Cuba recuerda a Junco apuntando con el dedo después de sus jonrones. Casi nadie sabe de dónde salió.
Salió de un pelotazo en la cabeza.
Fue en Calimete, Citricultores contra Villa Clara. Y conviene decir en qué estaba Junco esa tarde, porque cambia el sentido de todo lo que vino después: ya le había dado jonrón, tubey y triple al abridor. Le faltaba un sencillo para el ciclo, y era exactamente lo que iba a buscar. Se lo avisó al compañero que bateaba detrás de él.
“Yo voy a pegar en medio, para mi jitico, para hacer mi escalera.”
En el séptimo trajeron de relevo a Isidro Pérez, con las bases llenas. El primer lanzamiento fue recta afuera. El segundo vino adentro y arriba.
Le partió el casco —los casquitos de cebollita de entonces— y lo dejó parado en el cajón sin saber dónde estaba.
“Cuando yo me paré y miré para primera base, yo veía la primera allá en el right field.”
Dio tres pasos y se cayó. Lo llevaron al hospital de Colón y de ahí al de Matanzas, ingresado toda la noche en observación.
Quien fue a verlo esa noche fue un amigo suyo, uno que jugaba para Villa Clara —es decir, alguien del otro banco—. Y le confirmó lo que él ya sospechaba:
“Te la mandaron tirar. El director mandó que te la tirara, y ese se prestó para eso.”
El médico le dijo que descansara. Junco le contestó que si él creía que iba a descansar.
Al otro día fue al estadio, se paró en el cajón contra el mismo lanzador, miró al receptor y le avisó:
“Si me da, lo mato.”
Le tiró la recta. Junco la puso arriba del techo. Y señaló.
“Desde ahí fue que empecé a hacerlo.”
El gesto más famoso del jonrón cubano no nació de la arrogancia. Nació de la respuesta de un hombre al que quisieron partirle la cabeza.
El fax de los 63
Y ahora, el retiro. Que no fue un retiro: fue una lista.
Junco venía de una temporada bateando 323, con veintitantos jonrones y ochenta y pico de impulsadas. Se fue a jugar un torneo a Ecuador, y allá un entrenador de picheo de la organización de los Mets se le acercó:
—Junco, estás retirado en Cuba.
Él se rió. El hombre lo llevó a su oficina y le enseñó un fax: una lista de 63 peloteros retirados de golpe. Su nombre estaba adentro.
“Me quedé asombrado. Dije: no puede ser verdad esto.”
Se enteró de su propio retiro por un fax, en otro país, de boca de un extranjero.
Volvió a Cuba y peleó. Hubo una reunión en el INDER provincial con el comisionado y el director, y Pancho Soriano llegó armado con los números: más de 20 jonrones en cada una de sus últimas cinco series.
“Dénmelo a mí para un equipo de Grandes Ligas”, dijo Soriano. “Yo me lo llevo en mi equipo”, dijo Pacheco.
La respuesta oficial fue una sola frase, de esas que no significan nada y lo deciden todo:
“Lo que pasa es que esto no está contemplado para el ciclo olímpico.”
Junco tenía las cuentas hechas: seis series más, cuidándose como se cuidaba, y llegaba a 500 jonrones. Una cifra que en Cuba nadie ha tocado jamás.
“Me dolió. Tenía proyecciones, y lo voy a decir: proyecciones ambiciosas. Pero cuando los que mandan se proponen una cosa, difícil que te escapes.”
Años después, ya viejo, tiraba práctica de bateo con los muchachos de Matanzas y los dejaba con la boca abierta metiéndola arriba del techo del Victoria de Girón. Los muchachos le preguntaban por qué se había retirado.
“¿Por qué me retiré? No: ¿por qué me retiraron?”
Cuatro mil contra ciento cincuenta
En un torneo de veteranos en Colombia, Junco se encontró con las glorias deportivas de allá: viejitos de blanco, limpiecitos, que lo fueron a recibir al aeropuerto.
Les preguntó cuánto les pagaba Colombia por ser glorias del deporte. Le dijeron la cifra en pesos colombianos, que en la conversación equivalía a miles.
Ellos le preguntaron cuánto le pagaba Cuba a él.
“150 pesos. Y me decían: pero eso no alcanza ni para la cocina.”
Es la misma cuenta, exacta, que salió en la casa de Vinent en La Maya. Dos monstruos de la misma generación, la misma pensión de burla, el mismo silencio institucional.
Lo más difícil de escribir
Y ahora tengo que contar la parte que a algunos lectores de este sitio les va a costar, y la voy a contar completa, porque a los muertos se les respeta con la verdad y no con el recorte.
Lázaro Junco murió siendo fidelista. Lo dijo así, frente a nuestra cámara, con esa distinción suya:
“Yo no soy revolucionario. Yo soy fidelista. No se escribe igual.”
Y en la misma conversación, sin contradicción para él, dijo que se arrepentía de no haber firmado. Y explicó por qué las dos cosas cabían en el mismo pecho:
“En aquellos momentos a nosotros nos tenían inculcado el deporte como política. Y yo creo que eso es una de las cosas que nos ha tenido atados en un yugo. El deporte no tiene nada que ver con la política. Si yo hubiese firmado, yo seguiría siendo tan cubano como el que más. La patria se lleva por dentro, en el corazón.”
Y sobre los muchachos que se van hoy por decenas, el fidelista de Limonar dijo esto, que vale más que cien análisis:
“Ninguno se está yendo por problema político. Ninguno se está yendo porque desprecie a su patria. Mentira. Se están yendo porque quieren probarse en lo mejor del mundo, y por la situación económica. Y no los va a parar nadie.”
Ese hombre no encaja en ninguna consigna, ni de un lado ni del otro. Por eso había que escucharlo.
Cómo pidió ser recordado
Casi al final le preguntamos cómo quería que lo recordaran. Guardo su respuesta completa, porque ahora es un testamento:
“Como la persona que fui. Humilde, modesta. El amigo, el compañero, el hermano, el que te tiende la mano cuando te hace falta de verdad. Una persona apasionada por el béisbol, que lo dio todo por su provincia.”
Y contó qué era lo más lindo que le había pasado después del retiro. No mencionó ningún trofeo:
“Cuando veo esos niños que me saludan por la calle. Aquel que nunca me vio jugar y sin embargo me reconoce. Eso es hermoso. Al final es lo que uno se lleva: la gratitud del pueblo, que en definitiva es para quien uno jugó.”
Lázaro Junco murió sin sus 500 jonrones, sin el reconocimiento de las instituciones que lo retiraron por fax, y con 150 pesos de gloria deportiva.
Pero se murió reconocido por los niños de Limonar que nunca lo vieron batear.
Él mismo dijo, en esta entrevista, la frase que le sirve de epitafio:
“Por mucho que quieran, la historia no la pueden matar. La historia está escrita. Esa sí no la borra nadie.”
Descanse el hombre que apuntaba al cielo. Su nombre queda de este lado de la cerca, escrito en la historia —esa que, como él mismo dijo, no la puede matar nadie.
Entrevista realizada en Cuba por el equipo de Recta al Pecho, con cuestionario y dirección de Eliam Marrero Bernal, meses antes del fallecimiento de Lázaro Junco el 1 de junio de 2026. Sus declaraciones están tomadas textualmente de la conversación grabada, disponible en nuestro canal de YouTube en dos versiones: la entrevista original y la versión extendida de tres horas con el material inédito completo.


