Agustín Marquetti dio el jonrón más famoso de la historia del béisbol cubano. Hoy tiene casi ochenta años, vive en Miami y me dijo una frase que no se me ha ido de la cabeza:

“Si yo estuviera en Cuba, hace nueve años estuviera muerto.”

Hay una grabación que todo cubano de cierta edad puede repetir de memoria, palabra por palabra, como se repite un himno:

“Le va por jardín derecho a lo profundo. La pelota se va, se va, se va. Un jonrón de Agustín Marquetti. Se acabó el campeonato.”

Y después, lo que vino después:

“Esto es locura en el parque Latinoamericano. Miles de espectadores se lanzan al terreno.”

Marquetti no pudo llegar a home. La multitud se lo tragó antes. El hombre que acababa de decidir un campeonato no pudo pisar el plato porque su propio pueblo se lo comió de la emoción.

Ahora quédense con esa imagen.

Y quédense también con esta otra, porque las dos son verdad y ocurrieron en la misma vida: el cuarto bate del Equipo Cuba iba al estadio en bicicleta.

El número que sobró

Lo primero que hay que entender de Marquetti es que nada de lo que tuvo se lo dieron.

Llegó novato a Industriales desde la segunda categoría, en los años sesenta, cuando en Cuba había seis equipos y subían tres muchachos destacados por temporada.

Le dijeron que escogiera número.

“A mí el que me gustaba era el 17 y el 3, pero el 3 lo tenía Chávez, el 17 lo tenía Pablo. Dame el 40.”

El 40 era lo que quedaba.

Y me contó lo que pensó en ese momento, para adentro, sin decírselo a nadie:

“Ese número lo voy a hacer.”

Lo hizo.

Hoy en Cuba tú dices “el 40 de Industriales” y no hace falta agregar el apellido.

Esa mentalidad la traía de la guagua. Los novatos —“los Rocky”, les decían— viajaban atrás, de pie, cuando las estrellas tenían su asiento. Bateaban de últimos en la práctica, cuando los monstruos ya se habían ido.

“Yo decía por dentro: los Chávez, Urbano, todos los monstruos tenían su asiento solo. Yo voy a tener mi asiento solo.”

El guante había que pedirlo

Aquí hay una parte de la historia del béisbol cubano que casi nadie cuenta, y Marquetti la contó sin dramatismo, como quien describe el clima.

El primer guante Wilson que tuvo no se lo dio el Estado cubano. Se lo pidió a un primera base extranjero, zurdo, en una competencia internacional.

“Brother, tú no te pones bravo si después que se acabe tú me regalas el guante.”

La respuesta fue:

“No, Marquetti, tranquilo.”

Y se lo regaló.

Los primeros spikes, igual: se los pidió a un pelotero de afuera, mirándole los pies para ver el número. Los mascotines, igual.

“Los que más me ayudaban eran los puertorriqueños.”

El cuarto bate de la Serie Nacional pidiendo zapatos prestados a los rivales.

Y luego se pregunta uno por qué a esa generación se le exige que compare sus números con los de hoy.

“Fulano era de madre, y era de madre con bate de madera, era de madre durmiendo en albergue, era de madre montando guagua.”

Se hizo primera base con una cuenta

Hay un episodio que a mí me parece la mejor definición de quién es este hombre.

Marquetti jugaba jardín derecho y sabía que no era bueno ahí. Miró el panorama: Cuba tenía jardineros de sobra, y en primera base estaba Sardiñas, del Equipo Cuba.

Hizo el cálculo en frío.

“Si yo dejo de jugar right field y me pongo a jugar primera, yo pienso que puedo ser la primera base del Equipo Cuba, porque Sardiñas lo único que hace más que yo es fildear. Yo corro bien, yo soy mejor bate que él.”

Dejó el guante, cogió el mascotín y se puso a coger roletazos hasta cansar a los entrenadores.

“Yo cogía cien roletazos todos los días, mil roletazos.”

Panamericanos de Cali, 1971. Primera base del Equipo Cuba.

Agustín Marquetti, primera base de Industriales y del Equipo Cuba.

El día que lloró en un almacén

En 1980, con treinta y tres años, Marquetti decidió retirarse.

Lo llamó el comandante Fernández para convencerlo de que siguiera. Y él pidió lo que un pelotero de su tamaño en cualquier otro país no habría tenido que pedir jamás: un carro.

Le dijeron que nuevo no, que de uso. Aceptó.

Fue al almacén.

“El FSO abajo es una cuadra, una manzana grandísima. Yo miro para allá y no lo voy a creer: carros casi nuevos, carros nuevos. Y este me dice que no hay.”

Le entregaron un Polaco azul, viejo, todo abollado.

“Yo lloré como un niño chiquito.”

El mejor bateador de emergencia de su generación, llorando en un almacén del Estado por un carro de uso, mientras al fondo brillaban los nuevos que eran para otros.

Seis años después dio el jonrón que paralizó al país.

Y ahí sí: el hijo de un dirigente habló con su padre, el padre habló con Fidel, y a Marquetti le dieron un Lada 2107.

Ese es el sistema, retratado en una sola secuencia.

No te pagan por lo que eres. Te premian cuando le sirves.

Y ni con el 2107 le alcanzaba. Marquetti boteaba. El ídolo nacional salía con su carro a llevar gente por diez pesos cubanos, y un día lo paró un policía.

“Compadre, ¿qué voy a hacer? Con lo que me dan no me da.”

El policía lo reconoció y no le quitó nada.

“A mí también me decían que yo era del aparato”

Aquí Marquetti tocó, por su propia voluntad, el tema más delicado que arrastra su generación: la sospecha.

“A mí también me decían que yo era del aparato. ‘Marquetti, capitán de la seguridad.’”

Y explicó el origen, que es de una sencillez desarmante: al salir de los juveniles le dieron a escoger entre el servicio militar, que pagaba siete pesos, y jugar para el equipo del Ministerio del Interior, que pagaba ciento veinticinco.

Escogió los ciento veinticinco. Como habrían escogido todos.

“Nadie puede decir que yo eché a nadie para adelante en nada.”

Fue él mismo quien trajo a la conversación el otro nombre:

“Pasó con Anglada. Al principio pobre, y después que era del aparato, y los años que estuvo preso.”

Es exactamente el mecanismo que documentamos en el caso de Rey Vicente Anglada: un sistema que primero te obliga a pertenecer y después usa esa pertenencia para marcarte.

Y cuando ya no le sirves, deja que el rumor haga el trabajo que ningún tribunal se atrevió a firmar.

La advertencia que nadie quiso oír

En el año 2000, Fidel mandó a Humberto —entonces al frente del deporte— a reunirse con figuras de distintas disciplinas.

A Marquetti le tocó hablar.

Y habló:

“Si nosotros no cambiamos la política con los entrenadores y con los atletas —de voleibol, de pelota, de boxeo, de atletismo, de baloncesto—, nos vamos a quedar sin entrenadores y sin atletas.”

La respuesta fue que eso no se podía hacer.

Un cuarto de siglo después, la Serie Nacional se juega de día porque no hay electricidad, con el Latinoamericano vacío porque no hay transporte para llegar.

Marquetti lo vio por televisión desde Miami y no dijo “yo se lo advertí”. Solo lo constató.

Mira la conversación completa con Agustín Marquetti:

“Estoy vivo porque estoy aquí”

Marquetti llegó a Estados Unidos en 2010, pasados los sesenta años.

Y me dijo algo que en su boca tiene un peso particular, porque este es un hombre que fue formado, entrenado y condecorado por la Revolución:

“¿Quién me iba a decir que iba a ser americano? Ni pensarlo. Si tú pensabas que eras americano, eras gusano, traidor.”

Después vino la frase que da título a esta conversación y que él dijo sin levantar la voz, con la calma del que ya hizo las cuentas:

“Si yo estuviera en Cuba, hace nueve años estuviera muerto, porque la operación que me hicieron aquí en Cuba no me la iban a hacer.”

Hoy vive de un plan de bajos recursos: le ayudan con la renta, con la comida, con las medicinas. Tiene carro, tiene gasolina, juega dominó todas las tardes a las cinco.

“Yo tengo más ahora que cuando yo era famoso en Cuba.”

Y hay una frase suya que resume medio siglo de política cubana en catorce palabras:

“El que mejor vive en Estados Unidos soy yo. Estoy viviendo el mejor paquete de viejo.”

La pierna de puerco

En 2023 volvió a Cuba a arreglar su casa.

Tenía tres muchachos de veinte años ayudándolo. Marquetti, que le gusta cocinar, compró una pierna de puerco, hizo arroz, hizo frijoles negros, y los sentó a la mesa.

Ochenta dólares le costó aquella comida.

Uno de los muchachos lo miró y le dijo:

“Marquetti, perdone, pero hace más de cinco años que yo no sé lo que es esto.”

Aquí me detuvo la conversación un momento, porque el hombre se emocionó.

Y no se emocionó por él.

Se emocionó por los tres muchachos de veinte años que llevaban un lustro sin comer carne de puerco en el país que él ayudó a hacer campeón del mundo.

“Lo que tú tienes a veces no lo valoras. Hay que aprender a valorar todo lo que uno tiene.”

El carné

Cerca del final, Marquetti sacó su documento y me lo enseñó, medio en broma.

“Mira, este es mi carné de identidad.”

Le dije lo primero que se me ocurrió: que ahí no dice Industriales.

Me miró y me contestó:

“No importa.”

Y creo que ahí está todo.

Porque el país que le puso el uniforme, el que lo montó de pie en el fondo de una guagua, el que lo hizo pedirle los zapatos a los rivales, el que lo puso a llorar por un carro de uso y después lo premió con un Lada cuando le convino —ese país no le va a dar nunca nada más.

Pero el 40 no se lo puede quitar.

Ese lo escogió él, del montón de números que sobraban, un día de los años sesenta en que nadie sabía quién era.

Y el batazo tampoco.

Ese sigue sonando en la memoria de un pueblo entero cada vez que alguien dice “se acabó el campeonato”.

Marquetti no pudo llegar a home aquella noche porque su gente se lo comió de la emoción.

Casi cuarenta años después, sigue sin llegar.

Pero ya no importa: la carrera se la anotaron hace rato.

Entrevista realizada por Eliam Marrero Bernal para Recta Al Pecho. Las declaraciones de Agustín Marquetti están tomadas textualmente de la conversación grabada, disponible íntegra en nuestro canal de YouTube.