Gabriel Pierre fue la tercera base de la Aplanadora Santiaguera, el hombre del físico de Grandes Ligas fabricado a base de picadillo de soya. Rechazó millones por su familia, le tiró un golpe al hombre que lo vetó del Equipo Cuba, y terminó interrogado por oficiales —no por indisciplina, sino por acompañar a su esposa a las asambleas de los testigos de Jehová. Hoy vive en Miami. Me senté con él.

De todas las razones por las que el sistema cubano llamó a un pelotero a una oficina —indisciplina, bajo rendimiento, sospecha de fuga— la de Gabriel Pierre es la que mejor retrata lo que era aquello:

Lo citaron por estudiar la Biblia.

“El de la Seguridad me llamó a una oficina y me dijo que por qué yo estaba relacionándome con ellos, por qué yo estaba estudiando con ellos.”

“Ellos” eran los testigos de Jehová. Pierre todavía jugaba pelota. No estaba bautizado —eso vendría años después, tras su retiro. Simplemente acompañaba a su esposa a las asambleas, de traje, y estudiaba las Escrituras.

“Al ver que yo estaba estudiando con los testigos, eso chocó con los dirigentes: que ya yo estaba en algo que ellos llamaban contrarrevolución.”

Y aquí está el detalle que hay que leer dos veces: en aquellas asambleas religiosas había agentes.

“Siempre iba gente de la Seguridad para chequear, a ver cómo estaba. Entonces me veían a mí…”

Un país con oficiales infiltrados en reuniones bíblicas, tomando nota de qué pelotero acompañaba a su esposa. Pierre les respondió con una serenidad que desarma:

“Yo les dije: miren, hasta ahora yo no soy testigo. Estoy estudiando la Biblia. Pero el día de mañana, cuando lo sea, yo les voy a avisar a ustedes.”

Les avisó con los pies: en 2014, ya retirado y bautizado, se fue con su familia. Hoy vive en Miami, donde nos sentamos a conversar.

La Aplanadora

Quién era el hombre al que vigilaban: la tercera base de la Aplanadora Santiaguera, aquel Santiago de Cuba de finales de los noventa que encadenó campeonatos con Pacheco y Kindelán y que era —me lo dice a mí, industrialista al fin— la envidia de La Habana.

Pierre era, además, un espécimen que no se había visto en la pelota cubana: el físico de Grandes Ligas. José Ariel Contreras lo dijo en una entrevista y yo se lo repetí de frente: un animal.

Le pregunté lo que todo el mundo se preguntó alguna vez viendo aquella masa muscular:

—¿Alguna vez te dopaste?

“Nunca. Nunca en la vida.”

—¿Entonces todo ese músculo fue a base de…?

“A base de picadillo de soya.”

El secreto verdadero estaba en Japón, 1995. Javier Méndez, que había ido el año anterior, lo adoptó: le avisó que los lanzadores del mundo ya habían detectado que la bola pegada lo dominaba, y Pierre hizo lo que hacen los grandes —convirtió su debilidad en programa de entrenamiento.

Le pedía al pitcher de práctica, por medio del traductor, que le tirara pegado; al receptor, que se le metiera debajo. Abrió la pierna, giró la cintura, se fajó con las pesas.

De ahí salió el bateador que en 1999, cuando Cuba pasó del aluminio a la madera y la pelota muerta hacía llorar a los jonroneros, dio —según recuerda— el primer jonrón con bate de madera de la nueva era.

Y de ahí salió la joya que narró la radio: el jonrón con el bate partido.

“El bate se partió, pero la pelota se fue. ¡Póngale música en Radio Rebelde!”

Mira la entrevista completa con Gabriel Pierre:

El cristal de la guagua

Búfalo, 1993. La primera vez que Pierre vio de cerca la otra vida, fue a través de un vidrio.

“Se acercaron varios cubanos que ya vivían aquí. Iban en su carro al lado del autobús y nos decían: vengan con nosotros, van a buscar dinero. Y nosotros ahí, detrás del cristal, mirábamos… y nada. No nos interesaba.”

“No teníamos ni idea de lo que nos estábamos perdiendo. Teníamos la mente cerrada. No había internet, la televisión no te ponía lo que era. Por eso cada vez que uno daba un viaje, regresaba.”

Años después, en el tope contra los Orioles del 98-99, la oferta dejó de ser un grito desde un carro y se volvió quirúrgica. Un scout lo buscó a él, por nombre:

“Me dijo: no nos interesa otra persona aquí nada más que tú. Has demostrado que puedes jugar aquí en las Grandes Ligas. Hemos seguido tu récord en Cuba. Ven con nosotros, que vas a ser millonario.”

“Y yo le dije: no, yo voy para mi país.”

¿Por ideología? Le hice la pregunta directa, y su respuesta es de las más honestas que ha dado un pelotero de aquella generación:

“No. Por mi familia. Yo nunca fui político, nunca me gustó la política. Estuve ahí porque había que estar. Si había que decir ‘viva’, había que decir ‘viva’ —pero no porque me saliera del corazón. Aquello era un miedo, hay que decirlo así, y nadie puede decirme lo contrario.”

Había que decir viva. Siete palabras que explican cuarenta años de estadios llenos de consignas.

“Después de Linares, estoy yo”

Con ese talento y ese físico, ¿por qué Pierre hizo tan poco Equipo Cuba? Cinco años, cuando le sobraban condiciones para diez.

Su reclamo tiene la aritmética de su lado:

“No menosprecio a Linares —tremendo jugador, extraclase. Pero yo decía en esos tiempos: si es por rendimiento, después de Linares estoy yo. Indiscutiblemente. No puede ser que no me lleven a mí.”

Miguel Valdés predicaba que el equipo se hacía por rendimiento. Y sin embargo la tercera base era para otros, año tras año, hasta que a Pierre le llegó por terceros la explicación verdadera:

“Me dijeron que él había dicho que mientras él estuviera ahí, yo no iba al equipo Cuba.”

La presión acumulada reventó un día en el episodio del que toda Cuba habló y que él me aclaró sin esconderse —no fue con un bate, como dijo el rumor:

“Tiré un golpe, le di en el pecho. Fue producto de esas mismas razones. Ya era demasiado el abuso que tenían conmigo, y uno no podía hacer nada, porque si hablabas, no ibas al equipo Cuba. Hasta que el agua se botó.”

Aun así, Pierre le reconoce al hombre lo que le corresponde: buen técnico, sabe de béisbol.

“Pero una cosa es saber de béisbol y otra es poner en el equipo a los jugadores que se lo ganaron.”

Winnipeg: suspendido por comprar videos

Si alguien todavía duda de cómo se administraba el miedo, Pierre tiene la anécdota definitiva.

Panamericanos de Winnipeg, 1999. En la villa, los atletas cubanos de todas las disciplinas entraban y salían a comprar.

Todos menos uno:

“Menos el béisbol. El béisbol no podía salir. ¿Cuál era el miedo? El miedo de que abrieran los ojos.”

Pierre salió de todas formas —a comprar unos videos— y alguien lo vio y lo reportó.

El resultado: dos juegos de suspensión.

A un pelotero del Equipo Cuba, en pleno torneo, por ir de compras sin permiso de la Seguridad del Estado.

Cuba perdió esos dos juegos.

Y entonces, con la muerte súbita contra Dominicana encima, sonó el teléfono en el terreno de entrenamiento. Era Fidel Castro, pasando lista jugador por jugador.

“Me dicen: el Comandante quiere hablar contigo. ‘¿Qué pasa que tú no estás jugando?’ Le digo: yo estoy esperando que me den la orden para salir a comerme el terreno.”

“Al otro día me dicen: Pierre, quinto bate y designado.”

Léanlo otra vez: la Seguridad del Estado lo sentó por comprar videos, y hizo falta una llamada del hombre más poderoso del país para devolverlo a la alineación.

Así de arriba se decidía quién jugaba pelota en Cuba.

En la ronda decisiva contra Estados Unidos, Pierre pagó la confianza a su manera: jonrón, espalda con espalda con el de Kindelán, para ganar el partido.

“Que me lo pida el pueblo”

Al final le hice la pregunta hipotética: si estuviera en condiciones físicas y Cuba lo llamara para un Clásico, ¿jugaría?

Su respuesta separa, con la precisión de un bisturí, las dos Cubas que conviven en el corazón de cada pelotero de esta serie:

“¿Tú sabes quién me lo tiene que pedir? El pueblo. Si el pueblo me dice ‘te queremos, tú te lo ganaste’ —así sí. Pero que me lo diga un dirigente… no, gracias.”

El pueblo sí. Los dirigentes no.

Es la misma frontera que trazaron Braudilio Vinent sin decirla y Lázaro Valle desde su casa de La Habana del Este: el amor era para la gente de las gradas; el miedo, las oficinas y las listas eran de los otros.

Pierre encontró su paz lejos de las dos cosas que lo vigilaron toda la vida —los scouts y la Seguridad.

La encontró en su familia, en su fe, y en poder decir por fin, sin que nadie lo cite a una oficina, exactamente lo que piensa.

Eso hizo aquí. Palabra por palabra.

Entrevista realizada por Eliam Marrero Bernal para Recta al Pecho, en Miami. Las declaraciones de Gabriel Pierre están tomadas textualmente de la conversación grabada, disponible íntegra en nuestro canal de YouTube.