El primera base de Industriales y del Equipo Cuba de Atlanta 96 contó a nuestro micrófono, desde su casa en San Miguel del Padrón, las ofertas que rechazó —incluidos veinte millones de los Mets. Hoy su hijo Anthony sube peldaños en la organización de los Angelinos, persiguiendo exactamente lo que su padre dejó ir.

Antonio Scull no sabía lo que era un scout.

Eso hay que entenderlo primero, porque explica toda la escena. Un muchacho de la Cuevita, en San Miguel del Padrón, formado en una pelota donde la palabra “scout” no se pronunciaba, está en un tope contra los americanos y un desconocido se pone a conversar con el grupo. Juan Padilla se le acerca y le dice bajito:

“Líquido, ese es un scout. Sal de aquí, no vayan a verte, no vayan a pensar que tú te vas a quedar.”

Scull se fue. Pero el hombre lo encontró esa noche, en el hotel. Y no llegó con palabras: llegó con un portafolio.

“Me dijo: dos millones de dólares. Y vino con un portafolio: mira, aquí tienes $50,000, se los mandas a tu mamá, a tu familia, y te quedas con nosotros aquí.”

Cincuenta mil dólares en efectivo, sobre una cama de hotel, delante de un pelotero cubano de los años noventa.

“Y yo le dije que no.”

Veinte millones

Y eso no fue lo más grande que rechazó.

“Yo fui al preolímpico en el año 95 y ahí me scoutean dando veinte millones de dólares para jugar con los Mets de Nueva York.”

Veinte millones. De los Mets. En 1995.

La razón del no cabe en una frase, y es la más cubana de todas las razones:

“En aquel momento no quise porque mi mamá estaba viva, yo vivía con mi mamá. Los sentimientos eran diferentes a los de hoy en día.”

No fue la Revolución. No fue el miedo. Fue la mamá.

En este archivo ya hemos escuchado esa misma razón con otras palabras: la familia entera de Lázaro Junco llorando en la sala, el padre de Osvaldo Fernández con la foto de la abuela.

El sistema cubano no necesitaba rejas para retener a sus peloteros. Le bastaba con la mesa de la casa.

El negocio que nadie cuenta

Y entonces le preguntamos por un rumor que circula hace décadas: que había peloteros que le cogían dinero a los scouts, prometían quedarse en el próximo evento… y no se quedaban nunca.

“Sí, sí, pasó en varias ocasiones. Sabía quién cogía un poquito y hablaba de que en otro evento sí se daba. Ellos daban el dinero y al final no nos quedábamos. Hubo varios peloteros que pasaron por ese momento.”

Sin nombres —Scull es un caballero— pero con la confirmación completa: dentro de aquella pelota “amateur” y “pura” corría dinero de Grandes Ligas por debajo de la mesa, y algunos aprendieron a ordeñarlo sin saltar nunca el muro.

Mira la entrevista completa con Antonio Scull:

Chaguito, el de la Cuevita

Quién era el hombre del portafolio rechazado: un jonronero zurdo al que en cada estadio de Cuba le gritaban un nombre distinto.

“Me decían el Líquido, el Charanguero Mayor. En Las Tunas me decían Escurculú. En Santiago me decían Negra, Chivapeta… un sinfín de cosas.”

Nueve años en Metropolitanos —el equipo que nadie quería que existiera y que sus peloteros no querían abandonar— jugando primero right field hasta que una lesión lo sentó en primera base para siempre.

Dos años en un Pinar del Río de lujo, compartiendo camerino con Linares, Casanova, Faustino Corrales y Lázaro Madera. Y de ahí al Equipo Cuba de Atlanta 96, con paradas en tres Olimpiadas, títulos panamericanos y centroamericanos.

En Atlanta le pasó lo más lindo de su carrera internacional. Salió a batear de emergente y desde la multitud del estadio alguien le gritó:

“¡Chaguito!”

“Yo tuve que pedirle tiempo al umpire. Yo nací en San Miguel del Padrón, en la Cuevita, y mis tías me pusieron Chaguito. El que me gritara eso era de San Miguel del Padrón, porque eso fuera de mi barrio no lo conoce nadie.”

Pidió tiempo en unos Juegos Olímpicos para saludar a la grada. Cuando volvió al banco y le preguntaron a quién saludaba, la respuesta fue perfecta:

“Ese es el barrio.”

Cuarto bate detrás de Linares

Le preguntamos por los momentos más grandes de su carrera, y el primero que mencionó no fue un jonrón. Fue una tarjeta de alineación.

“Jorge Fuentes me puso cuarto bate detrás de Linares. Eso para mí es lo más grande que me ha pasado en el béisbol.”

Batear detrás del Niño Linares era el asiento más caro de la pelota cubana, y Fuentes se lo dio con una sola instrucción: tranquilo, sigue haciendo tu juego.

Después vino Industriales, y otra noche de vértigo: llegar al entrenamiento y encontrarse de compañeros a Germán Mesa, Padilla, Lázaro Valle, Javier Méndez.

“Para mí eso fue lo máximo.”

Ese Industriales implantó el récord de 66 victorias —con Kendrys Morales y Bárbaro Cañizares en la nómina— e hizo algo que Scull cree irrepetible:

“Nosotros jugamos con los nueve jugadores zurdos. Yo creo que eso a ningún equipo aquí en Cuba se le va a poder dar.”

Una alineación completa de zurdos. Nueve. Y ganando.

La ley de Anglada

Hay un detalle de esa época que conecta directo con el primer artículo de este archivo. En aquel Industriales existía una ley no escrita: al contrario no se le saluda dentro del terreno.

“Esa ley la trajo Anglada. Dijo: yo lo que quiero es que ustedes me hagan el favor de que en el terreno no saluden al contrario. Cuando se termine, ustedes se pueden ir a guarachar, a tomar lo que quieran. Pero en el terreno, no.”

El mismo Rey Vicente Anglada cuya historia de vindicación contamos aquí. Sus discípulos todavía citan sus leyes de memoria, treinta años después.

El pelotazo de Contreras y el hit que nunca llegó

A Scull la velocidad no le hacía daño. Lazo, José Ariel Contreras, Arrojo, Lázaro Valle, Orlando Hernández —a todos les bateó. Y a Contreras le bateó tanto que el amigo se le convirtió en problema:

“Contreras era amigo mío, y un día se molestó y me tiró dos pelotazos. Después hablamos. ‘El problema es que tú bateas mucho.’ ¿Y qué tú quieres? Si tú eres pitcher y yo soy bateador, tu trabajo es sacarme y el mío es batearte.”

¿Su kryptonita? Un hombre que no tiraba humo: Faustino Corrales.

“En veinte años nada más tuve la posibilidad de darle un solo hit. La curva que tenía era muy grande.”

Un hit en veinte años. Los números de la pelota cubana esconden duelos así, que nadie registró y que solo viven en la memoria de los que los pelearon.

La bola que se le fue a Enriquito

Y hay que hablar del momento más amargo, porque Scull lo enfrentó sin esquivarlo: la famosa jugada contra Pinar del Río —el lanzamiento de Enriquito, la bola que se va, la derrota— por la que media Habana lo culpó durante años de no querer coger la pelota.

Su descargo es de una precisión forense:

“Si ustedes pueden ver el video, pueden apreciar que el tiro era para afuera. Yo fui a pisar la almohadilla y estaba jugando con un par de spikes negros, de pinchos muy finitos, y me resbaló el pie. No pude coger la bola. Ni Enriquito quiso que se le fuera, ni yo quise dejar de cogerla. Ese error está en el juego de pelota.”

Un resbalón de spikes. Décadas de culpa pública por un resbalón.

Su consejo para cualquier muchacho al que le pase algo así en un juego decisivo: que levante el ánimo, que la pelota tiene el hit y tiene el error, y que salga a revertirlo.

El portafolio, segunda generación

Y aquí está el remate que la vida le escribió a esta historia, mejor que cualquier guionista.

El hombre que rechazó veinte millones de los Mets tiene un hijo: Anthony Scull. Y Anthony está hoy en la organización de los Angelinos de Anaheim, subiendo la escalera de las menores rumbo a Doble A —la antesala de las Grandes Ligas.

“Tuve la posibilidad de conversar con él la semana pasada. Me dijo: ‘Papi, ahora sí la cosa va a estar un poco más dura.’ Le dije: dura no. Tú lo que tienes que enfocarte en lo que vas a hacer. Si tú quieres lograr un objetivo, tienes que enfocarte en eso.”

El padre dijo que no al portafolio por su mamá. El hijo fue a buscar, con permiso y con avión, exactamente lo que el padre dejó sobre aquella cama de hotel.

Dos generaciones, la misma sangre, dos Cubas distintas —y el consejo del que se quedó empujando al que se fue.

“Hasta el día que me muera”

Scull está jubilado y volvió solo, sin que nadie lo llamara, a entrenar niños de 11 a 14 años en su municipio. Y junto a Padilla, Javier Méndez y otros históricos le propuso a la dirección provincial crear una academia en la Ciudad Deportiva con las glorias vivas de la capital.

“Dijeron que iban a avisar, y hasta la fecha nadie ha dicho nada.”

Es el mismo silencio que encontró Braudilio Vinent en La Maya y que denunció Lázaro Junco en Matanzas: el país que ve a sus pitchers promediar 82 millas tiene a sus maestros sentados en la casa, ofreciéndose gratis, sin que nadie les devuelva la llamada.

Y aun así, la última frase de Scull en nuestra entrevista fue esta:

“Estoy dispuesto a trabajar en el béisbol hasta el día que yo me muera.”

Un hombre al que le pusieron cincuenta mil dólares en la mano y dijo que no, ofreciéndole a Cuba lo único que le queda —su conocimiento— y esperando todavía la respuesta.

El barrio, al menos, nunca dejó de gritarle Chaguito.

Entrevista realizada en Cuba por el equipo de Recta al Pecho, con cuestionario y dirección de Eliam Marrero Bernal. Las declaraciones de Antonio Scull están tomadas textualmente de la conversación grabada, disponible íntegra en nuestro canal de YouTube.