Osvaldo Fernández pasó cuatro meses escondido en Curazao, con miedo de que la Seguridad del Estado lo devolviera amarrado. Antes de eso ganó 19 juegos en una temporada e iba a pichar al Latinoamericano guindando de una guagua. Un día le tiraron un palo desde la calle.
Hay un objeto que resume esta historia entera y no es un guante ni una pelota: es un cinto azul.
Curazao, 1993. Osvaldo Fernández está en su cuarto de hotel metiendo sus cosas en un bolso, apurado. Entra un compañero y le pregunta qué está haciendo.
—Yo me voy.
—¿Y tus hijas?
“Eso es lo que estoy pensando yo. Mis hijas.”
Entonces hizo lo único que se le ocurrió. Se quitó el cinto azul del Equipo Cuba, se lo puso en la mano y le dijo: Rafa, para que te quedes con él.
Salió del cuarto y saltó un muro que tenía cristales arriba.
El hombre que ganó 19 juegos y nadie se acuerda
Antes de contar la fuga hay que decir quién se estaba fugando, porque Cuba se encargó de que se olvidara.
Osvaldo Fernández fue el mejor zurdo del Mundial Juvenil de 1982, en Barquisimeto, sin haber jugado todavía una Serie Nacional. Tenía dieciséis años y lo metieron entre Pacheco, Kindelán y Vargas.
Que estuviera ahí se lo debe a un hombre: Iván David, su entrenador, ya difunto. Lo cogió de muchacho siendo una rareza —tiraba con la zurda y bateaba a la derecha— y lo puso a batear también a la zurda, donde el swing le salía mejor.
Después le dijo la frase que le cambió el oficio: ponte a pichar ahí, a ver. Y cuando ya trabajaba en la comisión nacional, fue él quien lo empujó para el juvenil sin que hubiera hecho todavía una Serie Nacional.
“Tengo un zurdito ahí, para que lo traigan para acá.”
“Tengo que agradecerle mucho al difunto Iván, porque él conmigo fue especial. Tremendo entrenador.”
Después vino todo lo demás: campeón mundial, campeón de los Juegos de la Buena Voluntad, Centroamericanos, Panamericanos de La Habana en el 91. Le ganó tres veces al equipo de Estados Unidos. Lanzó un juego sin hits ni carreras —es el lanzador número 31 en la historia de Cuba en conseguirlo.
“A mí lo único que me faltó fueron las Olimpiadas.”
Y hubo una temporada en que ganó 19 juegos y perdió cinco.
De esa temporada, ¿saben de qué habló todo el mundo? De un batazo.
El doble que no pisó primera
Ese día perdieron el bateador designado y Osvaldo —lanzador— quedó de cuarto bate en la alineación. Sergio, el mánager, lo miró:
—¿Tú sabes batear?
Cuando salió al cajón, el Latinoamericano se vino abajo, porque hacía años que la gente no veía a un pitcher batear. El receptor le dijo que lo iba a ponchar delante de todo el mundo. Osvaldo lo miró y le contestó que si le daba tiempo.
Vio la señal de recta y la sacó de línea por encima del campocorto.
“Yo me iba riendo y yo no pisé primera.”
Se dio cuenta al final del juego, bajando, cuando un árbitro —cree que era Mongo Bella— lo paró y le dijo bajito: Oye, mulatico, ¿tú no pisaste primera?
“¿Y qué tú ibas a cantar? ¿Tú estás loco, para que me maten aquí?”
Diecinueve victorias esa temporada. Nadie habló de eso.
Cinco años sentado
Aquí está el desperdicio que él todavía no se explica.
Después del Mundial Juvenil lo metieron en Industriales. Y ahí lo dejaron cinco años.
“Me tuvieron ahí cinco años en Industriales por gusto. Me sacaban a pichar cuando el juego estaba ya perdido, cuando ya les habían caído a palos. Así no se puede hacer pitcher nadie.”
Cuando por fin lo mandaron a Metropolitanos —no porque él lo pidiera, sino porque se querían deshacer de él— ganó 7 y perdió 3. Al año siguiente, 12 y 5. Entonces sí lo devolvieron a Industriales, ya consagrado.
“Esos años me estancaron.”
Capiró, o la cuenta que hizo en silencio
Le pregunté cuándo empezó a pensar en irse, y no me habló de dinero ni de Grandes Ligas. Me habló de Armando Capiró.
“Yo veía a Capiró, tercer bate del Equipo Cuba. Yo decía: si este es tercer bate del Equipo Cuba, ¿qué me va a esperar a mí?”
Ahí está la cuenta que en Cuba hace todo atleta tarde o temprano: mirar al que ya se retiró y ver qué le quedó.
Esa cuenta se hace en silencio, porque —como me dijo— las paredes tienen oído. Ni su compañero de cuarto sabía.
Barcelona 1992
El empujón final se lo dio la Federación.
Camino a la Olimpiada de Barcelona quedaban cinco por eliminar. Osvaldo estaba entre los cinco abridores. Estaba tranquilo.
Se enteró abajo, en el restaurante de su edificio, por un amigo que subió a su casa y volvió con la cara larga.
“Coño, creo que te eliminaron.”
Arriba, en el apartamento, estaba su padre y estaba la familia entera, todos con la misma cara.
Le pregunté si sabe quién tomó esa decisión. No lo sabe. Y entonces me dijo la frase más desarmante de toda la conversación:
“Al final lo que me hizo fue un favor. Si yo sé quién es, le compro un carro.”
Mira la entrevista completa con Osvaldo Fernández:
El puente que giró
Lo mandaron al equipo B. Curazao. Lanzó sus cinco entradas y el equipo seguía después para Colombia.
Osvaldo decidió que no iba a esperar a Colombia.
Volviendo al hotel se cruzó con Luis Álvarez Estrada, que salía con una maletica en la mano.
—Luis, ¿para dónde tú vas?
—Yo me voy.
—Espérate ahí, que yo me voy también.
Después del cinto y del muro con cristales vino otro muro. Y después la calzada.
“Eso era una película.”
Y ahí pasó lo que solo pasa en la vida real, porque ningún guionista lo escribiría: Curazao tiene un puente flotante que gira y se abre cuando entra o sale un crucero. Luis había quedado del otro lado. El puente se abrió.
Treinta minutos parados ahí, con cuarenta dólares que les habían dado de dieta, viendo pasar carros y pensando que en cualquiera venían a buscarlos.
“Bueno, vamos a sentarnos ahí a tomar cerveza.”
Cuando por fin cruzaron y llegaron a la casa donde los iban a esconder, no había nadie. Tuvieron que entrar por la ventana del baño.
Cuatro meses escondido
Aquí es donde la historia deja de ser una aventura.
En Curazao atracaban los barcos cubanos. El gobierno de Cuba operaba ahí, con gente adentro de inmigración.
“Ahí se habían quedado capitanes de barco y los habían mandado para atrás amarrados.”
Amarrados. Esa es la palabra. No era una fantasía de exiliados: era lo que pasaba.
Osvaldo pasó tres o cuatro meses metido en esa casa. Cuando empezó a salir, se hacía pasar por puertorriqueño.
“Nosotros estábamos asustados por eso.”
El abogado que los sacó fue Gustavo Domínguez, el mismo que había llevado el caso de René Arocha, el primero de todos.
Llegar hasta él tampoco fue casualidad: quien hizo el contacto desde Miami fue un periodista cubano ya fallecido, Sarvelio del Valle, una de las voces que durante años narró béisbol hacia la isla.
“Nos contacta a nosotros por un periodista que había aquí, que es difunto, Sarvelio del Valle. Es que yo consigo a Gustavo.”
Y la salida no fue en avión: fue en un velero, bordeando la isla, hasta Puerto Rico.
La estatua de Martí
En Puerto Rico los llevaron a un lugar llamado Casa Cuba. Y ahí Osvaldo vivió el choque que a mí me parece el más revelador de toda la entrevista.
“Cuando entramos a Casa Cuba, ¿qué es lo que veo primero? Una estatua de Martí.”
En Cuba le habían enseñado una sola cosa sobre José Martí: que lo que Martí prometió, Fidel lo cumplió. Encontrarse a Martí en el exilio, en una casa de cubanos que se habían ido, le desarmó el mapa entero.
Y después vino la paranoia, que él describe sin vergüenza:
“Te sentabas en los restaurantes, pasaba un policía y tú…”
Los treinta mil dólares que dijo que no
No pudo entrar como agente libre. Tuvo que pasar por un college para entrar al draft, y ahí lo firmaron los Marineros de Seattle.
Subió rápido: Clase A, después Doble A con 12 victorias y líder de ponches de la Liga del Sur, después Triple A.
Y entonces llegó la huelga de 1995. Le preguntaron si lanzaba como sustituto. Le ofrecieron treinta mil dólares en efectivo.
Un hombre que meses antes había cruzado el Caribe en un velero dijo que no. Y la razón no fue política:
“Si ustedes me tienen a mí presente, ¿qué va a pensar Griffey, qué va a pensar Álex Rodríguez cuando me vean?”
Iba a abrir el Día Inaugural. Se arregló la huelga, lo bajaron a Triple A, y ahí se lesionó. Tommy John.
“Nosotros llegamos aquí ya fundidos.”
Porque en Cuba lanzaba 160 lanzamientos por juego, y al tercer día pedía la bola otra vez. En Estados Unidos lo sentaron y le explicaron algo que nadie le había dicho nunca:
“Nosotros te pagamos por abrir juego. Ya hiciste tu trabajo. Prepárate para los otros cinco días.”
El palo
Y ahora el detalle que a mí me dejó sin palabras, y que explica mejor que ningún discurso qué valía un pelotero en aquella Cuba.
En el edificio donde vivía Osvaldo vivía también el funcionario que atendía a los atletas de alto rendimiento. Ese hombre se montaba en el elevador con él sin darle los buenos días, cogía su Lada y se iba para la Ciudad Deportiva.
Osvaldo se quedaba en la parada, esperando la guagua.
“Un día voy a pichar para el Latino enganchado en la guagua. A pichar ese día. Y la gente que iba a verme iba montada conmigo.”
Guindando por fuera, como iba todo el mundo. Y ese día alguien tiró un palo desde la calle.
“Me dio en el hombro derecho. La suerte fue que me dio ahí. Si me dan el izquierdo, me chivan.”
El brazo de lanzar. A centímetros.
El lanzador del Equipo Cuba iba guindando de una guagua a lanzar al Latinoamericano, y el hombre encargado de atenderlo pasaba a su lado en carro sin ofrecerle el asiento.
“Vamos a estar muy cerca”
Osvaldo ha vuelto a Cuba unas seis veces. La primera fue jugando en México con los Sultanes de Monterrey, donde —vueltas que da el mundo— se encontró de coach a Eduardo Velo, el mismo que le había enseñado el screwball en Cuba.
Velo lo llevó a la embajada y en tres días tenía pasaporte.
Lo que pasó al aterrizar en La Habana lo cuenta él mejor que yo. Un oficial de guayabera lo estaba esperando al pie del avión.
—Osvaldo Fernández, ¿cómo está usted?
“¿Cómo usted cree que voy a estar, después de tantos años sin venir a mi país?”
—Bienvenido a Cuba. Cualquier problema que tenga, nosotros vamos a estar muy cerca. Muy cerca.
Y lo estuvieron.
“Dos jevitas, dos mujeres, dos tipos, cualquiera estaba ahí sentado. Yo me levantaba para el baño del restaurante y atrás de mí iban.”
Un padre que no despertó
Su madre murió viendo un juego suyo. Le dio un infarto de la emoción, mientras él lanzaba contra Isla de la Juventud. Una semana después tiró el juego sin hits ni carreras.
“Yo sé que mi mamá estaba ahí conmigo.”
A su padre sí lo trajo de visita a Miami. Y ahí ocurrió algo que retrata a toda una generación cubana:
“Mi papá todavía estaba soñando que yo era del aparato, que yo estaba aquí cumpliendo una misión.”
Osvaldo lo mandaba a conversar con los viejos del barrio para que se distrajera. Su padre volvía diciendo que esa gente siempre estaba hablando mal de Fidel.
“¿Y quién va a hablar bien aquí, papi? Tú estás en Miami.”
El viejo murió al año siguiente.
Fidel hasta las cinco de la mañana
Cuando le ganaban a Estados Unidos, del aeropuerto los llevaban directo al Comité Central. Y ahí se quedaban hasta la madrugada.
“Se ponía a hablar con uno hasta las cinco de la mañana: que si él no tiraba la curva, el screwball ese, cuando él pichaba.”
Y Osvaldo, sentado, callado, pensaba para adentro una frase que él no dijo nunca en voz alta y que ahora sí:
“Si tú a recta limpia tienes el pueblo pasando hambre, ¿si tiras curva?”
El único arrepentimiento
Ya cumplió sesenta años. Hace siete que no toma alcohol, por la presión. Le pregunté, como le pregunto a todos, si se arrepiente de algo.
“De no haberlo hecho antes.”
Y añadió la explicación, que es la misma que me han dado Yadel Martí, Jorge Soler y todos los demás, cada uno con sus palabras:
“Uno vivía ciego.”
El cinto azul se lo quedó Rafa, en un cuarto de hotel en Curazao, hace más de treinta años.
Todo lo demás —el muro, los cristales, el puente que giró, los cuatro meses escondido, el velero— lo hizo un hombre que ya sabía que en su país, aunque le ganara tres veces a los americanos, iba a seguir yendo al estadio guindando de una guagua.
Entrevista realizada por Eliam Marrero Bernal para Recta al Pecho. Las declaraciones de Osvaldo Fernández están tomadas textualmente de la conversación grabada, disponible íntegra en nuestro canal de YouTube.


