Juan Carlos Millán llegó a 100 jonrones más rápido que casi nadie en la historia de las Series Nacionales, bateó .667 en unos Centroamericanos y fue durante cinco años la mejor primera base de Cuba. Nunca lo llevaron al Equipo Cuba grande, y nunca nadie le explicó por qué. Él tiene la explicación: “Yo no era del partido. Lo mío era pelota.”

A veces la historia completa de un sistema cabe en un carro.

En 1992, después de años de medallas y jonrones, a Juan Carlos Millán le prometieron el derecho a un carro usado. Era el premio mayor de la pelota cubana: no un salario, no un contrato —el derecho a comprar un carro viejo.

Se lo prometieron y nunca se lo dieron. Tuvieron once años para cumplir, hasta que Millán se fue del país en 2003.

Le hice entonces la pregunta de cierre de esa historia:

—¿Y del 2003 hasta el presente, cuántos carros has tenido en Estados Unidos?

“Siete.”

Once años esperando un carro usado que nunca llegó. Veintidós años en este país: siete carros.

No hace falta un tratado de economía. Hace falta un pelotero honesto y una pregunta.

El muchacho que no levantó la mano

Millán ni siquiera quería jugar pelota.

Cuando un entrenador llegó a su escuela buscando atletas para una liga de 9 y 10 años, fue el único que no levantó la mano —lo delató su primo: el que más pelota juega aquí es él.

Su padre le tenía otra condición, campesina y sagrada:

“Hasta que tú no termines el lote de la finca, tú no puedes jugar pelota.”

De ese muchacho de finca salió una fuerza descomunal: a los 12 años ya daba jonrones de 300 pies.

Y de ahí salió una de las carreras ofensivas más veloces que vio Cuba:

“Yo en cuatro años llegué a 100 jonrones. Si no fui el primero, estoy en el segundo.”

Con el guante, otro registro de elite: 117 lances sin error en primera base, una cadena de dos años que solo un roletazo de Gabilán pudo romper.

Y en los Centroamericanos de 1990 —su única cita con el Equipo Cuba grande— hizo lo que hacen los que están sobrados: abrió con jonrón en su primer turno y terminó bateando .667.

Ese es el hombre al que nunca más llamaron.

Cinco años siendo el mejor, cero convocatorias

Aquí está el expediente de la injusticia, contado sin un gramo de exageración:

“Yo todos los años, en la preselección del equipo grande, era el que más bateaba. Y siempre me dejaban fuera. Un año pegué 16 jonrones en la preselección —le llevaba seis o siete al segundo— y ese año no me llevaron tampoco.”

¿A quiénes llevaron ese año? A Kindelán, a Linares, a Pedro Luis, a Gurriel.

Todos monstruos, y Millán es el primero en reconocerles la clase —de Kindelán dice que fue el mejor jonronero que vio Cuba.

Pero él era la primera base titular de la preselección y el líder de los números, y se quedó en tierra sin que nadie le diera una razón.

Le pregunté cuál fue, de todas, la peor injusticia que vivió:

“Los cinco años que fui la mejor primera base de Cuba y no me llevaron al equipo Cuba nunca. Y sin ninguna explicación. Nunca me dieron una explicación.”

¿Y por qué no la pedía?

Porque en aquella Cuba, preguntar tenía tarifa:

“Si hablabas, era peor. Te castigaban más.”

“Lo mío era pelota”

¿Cuál era entonces el pecado de Millán? Él lo dice con cuatro negaciones que valen por una biografía:

“Yo no era del partido, no era de la juventud, no era de la Seguridad del Estado. Lo mío era pelota.”

Ahí está el criterio que no aparecía en ningún box score: la integración revolucionaria.

Millán confirma lo que esta serie ha ido armando pieza por pieza —que en el Equipo Cuba había peloteros que eran de la Seguridad del Estado, aunque en el banco nadie supiera con certeza quiénes; que el carné pesaba tanto como el promedio; y que la lista de castigados sin explicación era larga:

“Romelio Martínez, Junco, Fausto Álvarez… muchos atletas. Y la razón no era solo el desempeño: era la integración revolucionaria, como decían ellos.”

El mismo Lázaro Junco de este archivo. La misma maquinaria que Gabriel Pierre enfrentó a golpe limpio.

El que desarmó a Cuba y después se quedó

Y cuando le pedí un nombre —el del responsable principal de aquella fábrica de injusticias— Millán no lo pensó dos veces, y añadió la vuelta de tuerca más venenosa de toda la entrevista:

“El principal era él, Miguel Valdés. Él fue el que engañó a la gente. Él desarmó a Cuba… y después se quedó.”

Léanlo despacio.

El hombre que durante años decidió quién era suficientemente revolucionario para vestir las cuatro letras, el que dejaba fuera a los que no eran del partido, el que —según Pierre— vetaba peloteros por rencores personales… terminó viviendo en Estados Unidos, donde hoy dirige una academia de béisbol.

Los que él midió con la vara de la lealtad se quedaron en Cuba esperando un carro. El de la vara está en Hialeah.

“Tenía su preferencia con 10 o 12 atletas, y los otros para él no existían. Había demasiado favoritismo. Y eso fue lo que trajo como consecuencia que muchos atletas se fueran.”

Mira la entrevista completa con Juan Carlos Millán:

Retirado a los 30, exportado a Colombia

En 1997, con 30 años y viniendo de batear en la súper selectiva, a Millán le aplicaron el mismo trámite que a Junco: el retiro obligatorio.

Y el premio de consuelo resultó ser otra promesa rota:

“Me dijeron que me iban a mandar para Japón o Italia, y al final me mandaron para Colombia. Fue un engaño también. El contrato supuestamente era por cuatro años, y nada más tuve uno.”

Pero el daño de fondo venía de antes.

Millán confiesa el momento exacto en que el sistema le mató el amor:

“En el 96 ya no tenía deseos, y teniendo calidad todavía. Me desencanté del béisbol. Los últimos dos años iba a jugar por cumplir. Tanta injusticia me fue botando, hasta que bajé la guardia del entrenamiento.”

El compañero de cuarto de Arocha

Un dato para la historia: en la gira de 1991 por Estados Unidos, Millán compartía habitación con René Arocha.

Bajaron juntos del avión en Miami —y Arocha caminó hacia su familia, que lo esperaba en el aeropuerto, y no volvió.

A la mañana siguiente el equipo amaneció con la noticia que cambió la pelota cubana para siempre.

¿Rencor? Ninguno:

“Cada cual sabe lo que quiere hacer. Él quiso quedarse, por alguna razón lo hizo. Nunca me molesté por eso.”

Millán tardó doce años más.

En 2003 su esposa se ganó el sorteo de visas, y la razón de su viaje no tuvo nada de política:

“Decidí venir para acá para darle una mejor vida a mis hijos. Más nada.”

Y se la dio: su hijo —que desde los 5 años no tuvo más entrenador que su padre— llegó hasta Triple A en la organización de los Marlins.

“Me sentí bien, porque el único entrenador que él había tenido había sido yo.”

El sueño pendiente lo confesó con una sonrisa: le habría gustado jugar aunque fuera un juego en el mismo equipo que su hijo.

El hombre al que le quitaron hasta las ganas de mirar

Y aquí está la herida que hace distinta esta entrevista de todas las demás de la serie.

A Vinent le quitaron la atención. A Valle, el salbutamol. A Junco, el retiro.

A Millán le quitaron algo más hondo: el amor al juego.

“Me desvinculé completo de la pelota. No me gusta verla —la veo cuando están jugando la Serie Mundial, nada más. Ya no me siento bien jugando pelota.”

—¿Te afectaron tanto las decisiones de Cuba? —le pregunté.

“Bastante. Por eso no me enfoco, ni quiero saber de pelota.”

Un jonronero de los grandes que ya no soporta ver un juego.

Ese es el saldo que no sale en ninguna estadística.

Lo único que sobrevivió es la semilla: en su casa de Miami tiene una jaula de bateo, y tres o cuatro muchachos por semana. Y dos nietos varones con los que —dice— están trabajando en eso.

Le pregunté al final si se arrepentía de algo.

Su respuesta fue la de un hombre en paz:

“En la vida nunca me arrepiento de nada.”

Ni del lote de la finca, ni de los cinco años robados, ni de Colombia, ni de haber llegado tarde.

Y el carro que Cuba le debe desde 1992, que se lo quede el que lo tenga.

Millán ya va por el séptimo.

Entrevista realizada por Eliam Marrero Bernal para Recta al Pecho, en Miami. Las declaraciones de Juan Carlos Millán están tomadas textualmente de la conversación grabada, disponible íntegra en nuestro canal de YouTube.