Hay peloteros a los que el sistema borró después de irse. A Carlos Yanes lo fue borrando mientras se quedaba.
Es el lanzador que más entradas tiró y más bateadores enfrentó en la historia de las Series Nacionales, según sus propias cifras, y el segundo en victorias. Lo hizo con el equipo que menos ganaba, en el estadio más chiquito del país, sin faltar nunca a una rotación. Con ese currículum, el equipo Cuba lo convocó una vez a una competencia grande, con más de quince años de carrera encima, y solo porque alguien desde arriba preguntó por su nombre.
Lo contó en Las Vegas, frente a Eliam Marrero Bernal, con la misma cara de concentración que tenía en el montículo. No vino a quejarse. Vino a poner los números sobre la mesa.
El guajirito que no quería ser lanzador

Yanes nació en Cienfuegos, se crió en Cumanayagua y llegó a la Isla de la Juventud con unos nueve años. Jugaba segunda y tercera y era, en sus palabras, «muy flaquito». Lanzador no quería ser.
Se hizo lanzador por accidente. En un campeonato juvenil, los dos pitchers del equipo llegaron tarde del trabajo y él se ofreció a aguantar hasta que aparecieran. Esa tarde ponchó a 21. Lo pusieron en la rotación, ganó cuatro seguidos, y cuando decidieron que lo suyo era el picheo, se fue a su casa: no le gustaba entrenar.
Lo devolvió su padre, chofer de guagua, que le prometió al entrenador que el muchacho estaría el lunes en el estadio. Poco después le tiró cinco entradas de dos hits a un Pinar del Río lleno de hombres del equipo Cuba, y Luis Casanova le dijo al entrenador: «Oye, cuidado con este hombre». En su primera Serie Nacional, en 1983, la Isla ganó nueve juegos; seis los ganó él, como relevista, y discutió el premio de novato del año con Rolando Arrojo.
Los números del terreno chiquito
Lo que vino después son 28 temporadas con el mismo equipo. Los números los recita él y los confirma el entrevistador: 235 victorias y 241 derrotas, 714 juegos lanzados, 504 aperturas, 3.836 entradas, 475 jonrones permitidos. Primero en bateadores enfrentados, primero en entradas lanzadas, tercero o cuarto en ponches detrás de Lazo y Rogelio García. «Yo no soy un lanzador rápido», dice, todavía sorprendido de esa última cifra.
El récord negativo tiene explicación, y él la da sin rencor: la Isla era un equipo de descartes de otras provincias, siempre al final de la tabla, con un estadio de unos 385 pies por el centro y 265 por el derecho. Una vez le pichó a La Habana, le dieron siete hits, los siete fueron jonrones, y ganó ocho a siete.
«Si hubiese tenido un equipo un poquito mejorcito, hubiese ganado mucho más antes, no hubiese jugado tanto, quién sabe.»
A los que lo llaman «fatal» por los juegos cerrados que perdió les responde con la contabilidad exacta:
«Perdí 47 juegos por dos carreras. Perdí 45 juegos por una carrera. Y perdí 17 juegos una por cero.»
Lo que sí reclama como suyo es la constancia. Jamás una lesión en el brazo en 28 años:
«Yo no era de pichar una vez a la semana. Yo picheaba cada cinco días, descansaba cuatro y el quinto con el que viniera. Nunca perdí una rotación.»
Ahí entra la postura de este sitio: la pelota cubana no premiaba la tenacidad. Premiaba el cartel. Yanes no encajaba en el afiche, y la Isla tampoco.
Los cortes antes del corte
La historia con el equipo Cuba empieza mucho antes del juego perdido. En 1994 fue el lanzador con más victorias del país. Lo llevaron a la preselección, lo mandaron a entrenar a Japón, y a los cinco días de volver a La Habana el equipo salía para un tope en Estados Unidos. El corte lo supo por la televisión, en su casa. Cinco lanzadores fuera; todavía recita los nombres de memoria.
Otro año en que ganó catorce, la solución fue más limpia:
«Me mandan para Japón para no meterme en el equipo. En lo personal y económicamente me fue mejor, pero ya no era algo que a los que venían les gustaba.»
Las ofertas que sí llegaron eran de adentro. En 1996 reforzó a Industriales con Pedro Medina de manager, ganó siete juegos, todos completos, y la capital le ofreció mudarse con casa incluida. Dijo que no.
«Me dieron varias ofertas de otros equipos y nunca me fui. Me quería Provincia Habana, Industriales, me quería Cienfuegos mismo, donde yo nací. Y nunca decidí traicionar a la Isla.»
Conviene anotarlo: la única oferta real que recibió Carlos Yanes en su carrera fue para cambiar de provincia dentro de Cuba. Nada de afuera.
«Cuando Fidel decía algo era ley»
El año de los Orioles, 1999, Yanes ganó veinte juegos. Era, de nuevo, el que más ganaba en Cuba. No lo invitaron al equipo que enfrentó a Baltimore en La Habana ni a la preselección de cincuenta que vino después. Un narrador lo había bautizado «brazo de hierro» por cargarse los playoffs de la Isla contra Pinar del Río e Industriales, y aun así nadie lo llamó.
Lo llamó Fidel Castro. O, mejor dicho, preguntó.
«Cuando le dan el listado a Fidel, él pregunta dónde está el nombre del pitcher ‘brazo de hierro’. Y entonces Carlos Rodríguez, que era el comisionado, y Benito Camacho, que no le tengo ningún agradecimiento en ningún sentido, le dijeron que yo me incorporaba el lunes porque no había pasaje de la Isla. Y ahí llaman urgente. Cuando Fidel decía algo era ley.»
Eso fue un sábado. A las cinco de la tarde Yanes ya estaba en La Habana. Fue a la Copa Intercontinental de Sydney, su única competencia con el equipo Cuba grande. Entró de relevo en el noveno, con las bases llenas que le dejó el abridor, y perdió el juego.
No volvió a vestir el uniforme del equipo Cuba principal. Hubo un equipo B a Holanda, y nada más. En el año 2000 lanzó un juego sin hits ni carreras contra Villa Clara y siguió entre los mejores del país hasta 2007, según su cuenta. No importó.
Cuando Marrero Bernal le plantea la suma, con el caso de Yadel Martí como referencia, el lanzador se queda callado un segundo:
«No lo había pensado así. Pero bueno, pensando como dos más dos… puede ser.»
Es la ley no escrita que este archivo lleva documentando entrevista por entrevista: en Cuba se perdía un juego y se perdía la carrera, sin que nadie firmara el castigo.
El retiro que hubo que buscar con amistades
Se fue en 2011, a mitad de serie, con las victorias 234 y 235 en la mano. Pensaba que se había ganado un buen retiro. El sistema pensaba otra cosa.
«Intentaron dos veces retirarme con unos retiros que aquello no se iba a enterar ni la familia mía. Y dije que no me retiraba. Desgraciadamente tengo que decirlo: amigos míos que eran directores de empresa, dos o tres amistades que tenía en el gobierno, hasta que se me hizo un retiro.»
Hubo homenaje. Después, el silencio de siempre:
«Ya no había vida allí, no te ayudaban en nada. Ibas a ver algún dirigente, algún jefe, como nosotros decimos, y se te escondían.»
Un pintor amigo habló con un dirigente y le consiguieron un carrito. Ese carro, al que no había forma de ponerle gomas, fue lo que vendió para pagarse la salida. Yanes nunca fue sancionado, nunca lo botaron de un juego, nunca dijo que estaba cansado para no lanzar. Cumplió todo lo que pedía el discurso, y el discurso le respondió con un papelito.
Las Vegas, sin pelota
Su padre llevaba más de veinte años en Estados Unidos. Él tiene sesenta, va para sesenta y uno. Unas amistades intentaron colocarlo de entrenador en una escuela secundaria, con el currículum en la mano, pero le exigían inglés.
«He vivido aquí como un ciudadano normal, no en la pelota.»
No se arrepiente. Tiene familia en Cuba y desde aquí la ayuda. Su caso lo resume él:
«Yo creo que hice bastante historia por mi Isla, por mi Cuba, y al final no te valoran. Si eso que hice en Cuba lo hago aquí, yo no tenía que pedirle a nadie nada.»
El lanzador que más entradas tiró en la historia de las Series Nacionales necesitó que Fidel Castro preguntara por él para llegar una vez al equipo Cuba, y una derrota en relevo para no volver. Esa es la injusticia: un país que exigía fidelidad a cambio de nada y que, al que se la dio entera, lo dejó sin retiro, sin terreno y sin nombre.
La entrevista completa con Carlos Yanes está en el canal de YouTube de Recta al Pecho.







