Esta serie se llama Los Borrados porque la pelota cubana no solo borró a los que se fueron. También borró a los que nunca llegó a mirar.
Geisbel Rodríguez es uno de esos. No tiene medallas en la pared ni un jonrón en un Mundial. Tiene algo que en este archivo vale lo mismo: fue testigo desde adentro de la mejor generación de la Isla de la Juventud, y el sistema lo sacó de la pelota con 25 años por una razón que no tenía nada que ver con lo que hacía en el terreno.
Lo contó en Las Vegas, sin dramatismo, frente a Eliam Marrero Bernal. Y lo dijo con una frase que es el título verdadero de esta historia:
«En ese combo de que trajeron ahí me sacan a mí del béisbol con 25 años. El amiguismo y la piñita. Ya tú sabes.»
El utility del utility

Primero, quién es.
Rodríguez es de La Fe, no de Nueva Gerona, y viene completo de lo que él llama la pirámide: pre-EIDE, EIDE, ESPA, liga de desarrollo y Serie Nacional. Debutó con la Isla de la Juventud en la Serie 99-2000, la que él mismo llama «la famosa serie de los millones», la temporada en que los peloteros cubanos empezaron a dormir en hoteles.
Jugó cuatro temporadas. Su posición la define él, sin adornos: «Yo era el utility del utility.»
Le tocó la Isla de Michel Enríquez, Alexander Ramos, Juan Carlos Moreno, Luis Felipe Rivera, Carlos Yanes. Él mismo lo dice: en aquel equipo se podían armar casi dos novenas, y los juegos de práctica entre ellos había que verlos. No era fácil abrirse paso ahí. Pero no fue la competencia lo que lo sacó.
Cinco refrescos al día
Antes de la expulsión está la vida diaria, y conviene contarla porque desmonta por sí sola el cuento del atleta amateur y feliz.
La Isla era el equipo que más kilómetros hacía por temporada, y no en avión. Lancha, barco o catamarán desde Batabanó; para ir a Oriente, un viaje que él recuerda de diecinueve horas hasta Guantánamo. Industriales terminaba un juego en Villa Clara, dormía en su casa y descansaba el viernes. La Isla llegaba de noche y al otro día jugaba a la una de la tarde, porque en el estadio no había corriente para jugar de noche.
El sueldo no era sueldo. Era una «licencia deportiva»: a él lo pusieron en la nómina de una cooperativa de siembra, y aparte una dieta de unos sesenta pesos que después quitaron. Lo que se cobraba de verdad se cobraba vendiendo.
«Tú salías en la mañana, ya habías hecho tu caja. Que tú sabes que en tal lado te agarran la caja de refresco a ocho.»
Eran cinco refrescos al día por pelotero. Nadie se los tomaba: se guardaban, se armaba la caja y se vendía. Se vendía la comida del buffet, se vendía la camisa del equipo, se vendía el bate firmado. Una gira de cuatro o cinco subseries era un inventario andando. Llegar a casa con ochenta o cien dólares, dice, era «estar hecho».
Y no era cosa de los que menos jugaban:
«Eso lo tenía que hacer todo el mundo. Hasta el mejor del equipo. Muy poca gente, ya tú sabes, una selección nacional, esa gente sí tenía su salario. Pero el mayor por ciento lo hizo.»
Ahí está, en boca de un utility de la Isla, lo que este sitio lleva meses sosteniendo: el salario real existía solo para la élite. Al resto le tocaba la caja de refrescos.
«Me sacan del béisbol con 25 años»
El momento de la expulsión él dice que nunca lo había contado en ningún lado.
En su último año, la Isla decidió reforzarse con peloteros de La Habana. Llegó un entrenador de picheo habanero, ya fallecido, y empezó a traer gente de la capital. No eran nombres grandes. Según Rodríguez, no habían jugado ni con Metropolitanos ni con Industriales. Pero eran de La Habana, y eran de alguien.
En ese «combo» se fue él. Con 25 años. Sin una explicación que no fuera el amiguismo.
Un compañero, Juani Alemán, se lo dijo en la cara tiempo después, en una actividad: «A ti te botaron con 25 años de la pelota.» La respuesta de Rodríguez fue la de muchos: «Nada, brother.» Y se puso a estudiar.
El que aprendió afuera
Rodríguez se graduó de Licenciado en Cultura Física, trabajó en la EIDE y salió a Venezuela en una misión de dos años. Allí, en Zulia, trabajó en una academia y vio por primera vez cómo se prepara un pelotero para el béisbol profesional: la evaluación, las sesenta yardas, el bateo, la mecánica.
«Primera vez que salgo de Cuba y ahí es cuando yo veo la cruda realidad, o el falso concepto de que todo era malo.»
Volvió «muy transformado», en sus palabras. Y volvió con algo que en la Isla no sobraba: conocimiento de nivel profesional. Armando Johnson, Mandy, lo vio trabajando con el equipo provincial de La Fe y lo subió a su cuerpo de dirección. Rodríguez trabajó el infield junto a Alexander Ramos.
Ese año, cuenta, el equipo puso récord de defensa en la Serie Nacional, y la Isla mandó cuatro representantes al Clásico Mundial de 2013: Andy Ibáñez, Luis Felipe Rivera, Wilber Pérez y Raisel Iglesias. Nunca había pasado.
Con Ibáñez trabajó aparte, en mecánica y defensa, con una malla donde fuera. Él no reclama haberlo descubierto. Reclama lo justo:
«Yo no te voy a decir ahora que yo descubrí a Andy Ibáñez. No. Pero yo sí sé que trabajamos mucho.»
Andy Ibáñez llegó a Grandes Ligas.
La segunda vez que lo borraron
Lo sacaron de nuevo. Esta vez como entrenador, y esta vez con una acusación.
Rodríguez dirigía el equipo de Santa Fe. Varios de sus jugadores se fueron del país por la ruta de Dominicana, en los años en que los peloteros salían con visa y no volvían. Él no sabía nada. Lo dice con humor y con rabia a la vez: si le hubieran avisado, se habría ido con ellos.
«Se me tilda de que yo estaba confabulado con el lío de esa salida. Nada. Y sin embargo a mí se me separa del béisbol cuando yo estaba en todo.»
Fue entre 2013 y 2015. Sacaron a Mandy de la dirección de la Isla y a él, que había sonado para la liga de desarrollo, lo mandaron a un combinado deportivo a trabajar con niños de trece, catorce y quince años. Sin proceso, sin pruebas.
«En Cuba tú eres culpable a menos que tú demuestres lo contrario.»
Y ahí se terminó. El licenciado que había aprendido el método profesional en Venezuela pasó un curso de cocinero y se fue a Cayo Largo del Sur a hacer pasta y pizza para turistas. Lo hizo tres años. Ganaba más en propinas que en la pelota, y los amigos del béisbol que lo veían con el delantal le preguntaban qué hacía ahí.
«Aquí es donde está el dinero», les contestaba.
Salió picando
La salida llegó por la vuelta de Nicaragua, con la ruta que le pasó otro pelotero de la Isla, Danny Aguilera. Se despidió de sus padres el 2 de marzo de 2020, día de su cumpleaños, y salió de Cuba el 12. La pandemia le fue cerrando las fronteras detrás: Nicaragua, Honduras, México. Pasó un año en México, entre Tapachula, Tuxtla y Monterrey, y cruzó a Estados Unidos en marzo de 2021. Una semana en San Francisco y después Las Vegas, donde un amigo, Lionel Mendoza, le abrió la casa y la nevera.
Cinco años después está casado, trabaja fuera de la pelota y no se ha acercado a ningún terreno como entrenador. Lo que sí tiene es un canal, Geisball Podcast Sports, el nombre que le puso su esposa juntando las primeras letras del suyo con la palabra béisbol.
Cuando se le pregunta si se arrepiente de haber venido, no duda:
«No, nunca. Yo creo que tenía que haberlo hecho antes. He tenido las oportunidades que no tuve en Cuba.»
Geisbel Rodríguez no rechazó millones ni posó con comandantes. Hizo lo que el sistema pedía dos veces, como pelotero y como entrenador, y las dos veces lo apartaron sin que mediara un solo juego perdido. Esa es la injusticia que este archivo documenta: en la pelota cubana no hacía falta irse para ser borrado; bastaba con no ser de La Habana y no ser de nadie.
La entrevista completa con Geisbel Rodríguez está en el canal de YouTube de Recta al Pecho.







