Un zurdo que tira 92 o 93 millas, con comando de la curva y del split, no se forma solo. Pipe Torres se formó solo. En cualquier otro país eso sería una anécdota; en Cuba fue una condena: no venía de la escuela, no era de nadie, y el sistema se lo cobró cada vez que pudo.
Lo contó en Las Vegas, en el primer capítulo grabado en los estudios de Recta al Pecho, frente a Eliam Marrero Bernal. Habló sin rencor, con el tono de quien ya hizo las cuentas: una carrera sin matrícula, una selección que no llegó, una firma perdida en una oficina y dos travesías por mar.
Sin matrícula

El apodo viene de su padre, delegado del equipo de La Lisa. Cuando el muchacho empezó a jugar, los peloteros decían «ese es el hijo de Pipe», y el nombre se le quedó desde los doce años.
Con ese padre fue a hacer la prueba de la EIDE en la Ciudad Deportiva. Tiraba cambio, tenía velocidad y zona de strike. El entrenador le reconoció las condiciones y le cerró la puerta en la misma frase:
«Simplemente me dijo: ‘No, no hay matrícula para ti.’ Y mi papá me dijo: ‘Está bien, vámonos. Si vas a ser pelotero, lo vas a hacer en la calle.'»
Y fue en la calle. Corría desde San Agustín hasta la playa, jugaba fútbol para las piernas y aprendió a lanzar mirando juegos y soltando el brazo detrás de su casa con Rolando Viera, un pitcher de Industriales que vivía al lado. «No tuve un entrenador de escuela que me dijera: mira, corre así, agarra la bola así», resume. Un entrenador de primera categoría lo vio tirar y lo dejó quedarse. En su primer juego provincial, contra Marianao, lanzó nueve entradas y permitió un solo hit.
El mejor pitcher de Metro que no fue al Juego de las Estrellas
En 2001, el primer año de Anglada en Industriales, lo llamaron a la preselección. Lo aguantaron hasta el final y no lo pasaron a ningún equipo. Debutó con Metros en 2002. Le tocó el último año de Padilla, cuando el equipo ganó 19 de 90, y después la etapa de Milián, de quien todos hablan mal y él no: «Nunca tuve un sí ni un no con él.» Con Milián se destapó. Fue el mejor lanzador de Metros y líder de promedio de carreras limpias; los periodistas, dice, estaban de acuerdo. Tenía 21 años. El Juego de las Estrellas lo vio desde su casa.
«Yo vi el Juego de las Estrellas sentado en mi casa, pudiendo estar ahí.»
Su explicación es la descripción de cómo funcionaba el reparto: «Salí de la nada.» Metros era el equipo sótano, nadie peleaba por sus peloteros, y él no había salido de la EIDE, del molde con el que se armaban las listas. «Si tú no eres la élite, no hacen la fuerza por ti», dice. A un muchacho de 21 años eso lo afectó, «aunque tú no quieras».
Industriales, y el día que no quiso lanzar más
Llegó a Industriales como relevista con función de abridor de emergencia. Le tocó el último año de Anglada y el primero de Germán Mesa. Del primero recuerda a Julio Romero, el entrenador de picheo que le decía que levantara la cabeza porque al día siguiente volvía a lanzar. Del segundo, un cambio que califica de «abismal».
«Yo tuve indiferencias con él, yo me enfrenté con él. Cuando tú tienes que decirme algo, tú me lo dices, pero no delante de la gente, porque me estás como humillando.»
En su segundo año con Industriales, lanzando en Cienfuegos, decidió que ese era su último juego. Guardó las cosas en su casa y corrió el rumor de que el zurdo se había ido del país; tuvieron que tocarle la puerta para comprobar que estaba acostado. No tenía contactos ni plan. Tenía otra cosa:
«Ya jugué pelota, estuve en todos los hoteles, ya comí. Lo que yo quiero es trabajar para buscar dinero. Aquí no tengo dinero, no tengo nada.»
Es la frase que desmonta el cuento del amateur: un pitcher de Industriales, en activo, sin nada que mostrar fuera de las comidas del hotel.
Dos lanchas
La salida no la buscó. Un amigo lo llamó con las coordenadas y el 30 de octubre de 2009 salió en lancha hacia Cancún con Juan Carlos Linares, Jorge Rivero y otros peloteros. En el mar el barco se rompió y treinta personas tuvieron que saltar a otra embarcación entre los golpes de las olas. Él fue el último: delante de él una señora saltó y dejó a la hija en el barco, y cuando la niña fue a saltar el bote se abrió. Torres la agarró en el aire. «Si yo no estoy, esa muchacha se cae y se mata.»
En México había unos cuarenta peloteros cubanos esperando. Quien les gestionaba los papeles «tuvo un problema» y los dejó abandonados; cuatro de ellos consiguieron pasaporte por un contacto en Santo Domingo y siguieron a República Dominicana. «Eso es un mundo oscuro», dice, y no da nombres.
Seis años más tarde, ya acomodado en Santo Domingo, la madre de su hijo insistió en seguir hacia Estados Unidos. Él no quería. Terminó en una yola de 23 pies, con siete u ocho personas y el niño de un año y ocho meses, escondidos un día en la isla Saona fingiendo ser turistas para salir de noche hacia Puerto Rico. Un helicóptero los recogió en la isla de Mona. Tres días detenido, y después Miami. Era 2015.
«Me tronchó»
Entre las dos lanchas está el centro de esta historia. En Dominicana se recuperó de una molestia en la espalda, entrenó en una academia de San Pedro de Macorís y llegó a los Toros con una recta de 92 o 93 millas, un cutter que le salía natural, curva y split. En Licey le midieron 94. Y un scout de Tampa Bay empezó a ir al terreno donde entrenaba.
«Me decía: ‘Vas a firmar con nosotros.’ Bueno, estoy ready para firmar. Y un buen día me dice: ‘Te voy a invitar a la academia de Tampa para que te quedes ahí.’ Nada más tienes que hablar con el abogado. Y el abogado me dijo que no.»
Estaba bajo contrato con ese representante y no quiso irse por su cuenta: «No quise portarme mal.» Según la conversación, el abogado buscaba más dinero. Lo que consiguió fue que no hubiera firma. Torres lo resume en una palabra: «Me tronchó.»
Hubo un segundo intento: el mejor bullpen de su vida, con la bola cayendo donde el receptor ponía la mascota, y un entrenador de picheo que lo firmaba «ahora mismo» si tuviera autorización. Hubo un tercero: estando con Licey, un scout preguntó por el zurdo, pero ya andaba con otro abogado «y al final fue lo mismo, todo se quedó en el aire». Ahí dejó la pelota por segunda vez.
Años después trabajó para ese mismo abogado preparando lanzadores jóvenes en las academias. El sistema que lo descartó en Cuba y el negocio que lo descartó afuera se parecen en una cosa: los dos vivieron de su brazo.
Nicaragua, Orlando, Las Vegas
Fuera de forma, aceptó por embullo irse a los Gigantes de Rivas, en Nicaragua. En el aeropuerto lo recibió con los brazos abiertos Germán Mesa, el mismo manager con quien se enfrentó en Cuba.
«Ese equipo tiene un dueño. Hasta conmigo hablaba diferente. Mira, compadre, cómo cambian las cosas.»
Duró dos salidas; él mismo pidió el pasaje de vuelta porque no iba a engañar a nadie.
En Estados Unidos vivió en Orlando. Pasados los treinta le ofrecieron jugar en Asia; dijo que no. «Ya lo que no hice, no lo voy a hacer ahora. No lo logré, pero lo intenté.» En 2020 se mudó a Las Vegas, donde vive hoy, desvinculado de la pelota. Tiene dos hijos varones, de 21 y de 12; el chico prefiere el baloncesto. Le gustaría enseñar lo que aprendió en Dominicana, pero el inglés lo frena. Cuando le preguntan por la mejor jugada de su vida, la respuesta no es un juego:
«La mejor jugada de mi vida fue llegar aquí. No hay otra.»
Yadier Torres no rechazó millones; nunca le dejaron tocarlos. Un entrenador le negó la matrícula, un sistema le negó el Juego de las Estrellas y un abogado le negó la firma, y en ninguno de los tres casos él tuvo voto. Esa es la injusticia: un brazo de 94 millas que se decidió siempre en una oficina donde él no estaba.
La entrevista completa con Yadier Torres está en el canal de YouTube de Recta al Pecho.







