Lázaro Valle lanzó un juego perfecto tirando 100 millas, le ganó a una constelación de Grandes Ligas y El Duque lo llama el mejor pitcher que vio en Cuba. Su huella llegó hasta la sección de béisbol cubano del museo de Cooperstown. Y hace unos meses casi se muere de un ataque de asma porque no tenía un salbutamol en spray.

Empecemos por las dos puntas de esta historia, porque la distancia entre ellas es el artículo entero.

Una punta está en Cooperstown, Nueva York. En el museo del Salón de la Fama del béisbol —la catedral del deporte— existe un espacio dedicado a la pelota cubana, y ahí está presente Lázaro Valle. No como miembro exaltado del Salón, que es un honor reservado a los de Grandes Ligas: como parte de la memoria que el museo guarda del béisbol de nuestra isla. El brazo de La Habana Vieja llegó, a su manera, al lugar donde se guarda la historia de este deporte.

La otra punta está en La Habana del Este, en la casa donde lo entrevistamos. Y la describe él, sin que nadie se lo pregunte, sacándose el inhalador del bolsillo y mostrándolo a la cámara:

“Yo soy asmático crónico. Aquí está, míralo, no puedo andar sin esto. Hace alrededor de ocho o nueve meses tuve un paro respiratorio por no tener un salbutamol en spray, y me la vi fea.”

El hombre cuya memoria se preserva en Cooperstown estuvo a punto de morir por un aparatico que cuesta 2,500 pesos en la calle.

“Yo estoy ganando hoy por hoy casi 6,000 pesos, que es la medalla olímpica. ¿Para qué alcanzan? Para un paquete de pollo y un salbutamol. No da para más.”

El pitcher que odiaba pichar

Lo primero que hay que saber de Lázaro Valle es que nunca quiso ser lanzador.

“Yo honestamente lo digo y lo voy a seguir diciendo: yo siempre odié pichar. Yo nunca supe que iba a ser el pitcher que fui.”

Él quería batear. Admiraba a Muñoz, a Capiró, a Agustín Marquetti —al que después se encontró de compañero. Pero tenía un brazo que no era normal, y sus propios compañeros —entre ellos un tal René Arocha— lo empujaron: muchacho, métete a pichar y vamos a ver qué pasa.

Pedro Chávez le dio la oportunidad.

Lo que pasó fue esto: en una de sus primeras salidas grandes, contra un Las Villas que traía a Cheíto, a Muñoz y a Olivera —“esa gente que son unos salvajes, capaces de encaramarse arriba de la cerca”— ponchó a diez.

“Y de ahí para acá empezó la cúspide en mi carrera deportiva.”

El día de las 101 millas

Puerto Rico, 1989. Víctor Mesa lo pincha antes de salir: por lo menos un juego perfecto no has pichado este año. Jorge Fuentes le avisa: mañana vas contra Corea del Sur, uno de los mejores equipos ofensivos del torneo.

Lo que salió de ese brazo aquella tarde todavía suena a cuento:

“Ese día nunca bajé de 95 millas. Hice tres o cuatro lanzamientos de 100, y dos de 101. Y el slider nunca bajó de 89, 90 —hasta 92.6.”

El dato tiene testigo de lujo: detrás de home estaba René Arocha con la pistola de velocidad, cantándole los números.

Y el final del juego perfecto lo cuenta con una honestidad que ningún pitcher confiesa:

“El último inning salí a pichar y dije: la voy a tirar al medio, porque no aguanto más esta tensión. Tiré la recta, me dieron un rolling al box, recogí, y fue juego perfecto. Un juego muy difícil, porque tú dices: estás dando juego perfecto —pero es que eso es casi imposible.”

Mira la entrevista completa con Lázaro Valle:

“97 millas es lo mismo aquí que allá”

En 1993, el Equipo Cuba se midió a los Senadores de San Juan —una nómina cargada de Grandes Ligas, con Javy López recién nombrado novato del año. Le tocó abrir a Valle, y antes del juego un periodista de ESPN le hizo la pregunta condescendiente de rigor: ¿qué se siente, siendo un jugador amateur, enfrentarse a una constelación de estrellas de la MLB?

La respuesta de Valle merece estar en bronce:

“Siento mucho respeto por esos jugadores. Pero 97 millas son lo mismo en Estados Unidos, en la MLB y aquí.”

Salió del juego ganando 3 por 2. Al terminar, los profesionales fueron a darle la mano.

Y el viaje le regaló además tres encuentros que él cuenta como quien enseña un tesoro: El Gran Combo tocando en el estadio, y al día siguiente una foto con Celia Cruz y Tito Puente.

“Maté tres pájaros de un tiro.”

Los 28 días

El momento más grande de su carrera no fue el juego perfecto. Fue una pelota que besó.

1996. Su padre entra en estado crítico justo el día en que Valle debía abrir un playoff. El Duque lanza por él. Valle entierra a su padre —llevaba 31 horas sin dormir— y su esposa Margarita le dice la frase que él repite con gratitud: ya por papá tú no haces nada aquí; vete a pichar.

“Hacía 28 días que yo no tiraba una bola. Veintiocho días.”

Fue a Villa Clara y le ganó el juego a los azules del centro para su Industriales, en la serie que terminó en el campeonato del 96.

“Yo le di un beso a la pelota y la tiré.”

Ese brazo le dio a la capital dos campeonatos, el del 90 y el del 96. Recuérdenlo, porque dentro de tres párrafos va a doler.

La promesa

¿Y por qué no se fue? Los scouts lo perseguían —“me tenían loco”— desde el juego de las estrellas del 90 hasta la noche de los Senadores.

La respuesta de Valle es la más íntima de todas las que hemos recogido en esta serie:

“Yo soy hijo de un negro y de una blanca rubia de ojos azules, que pasaron mucho trabajo. Y yo les prometí que mientras ellos estuvieran vivos, yo les cerraba los ojos, y haría por ellos lo que tuviera que hacer para que tuvieran una vejez linda. Y lo más lindo de todo: se llevaron el morir en su casa.”

“No me quejo ni me arrepiento de la decisión que tomé. Creo que he sido buen hijo, y no me arrepiento de eso. De verdad que no.”

Es la tercera vez que esta serie encuentra la misma razón —la madre de Antonio Scull, la familia llorando de Lázaro Junco— pero Valle es el único que la convirtió en promesa cumplida y la defiende sin una gota de duda.

Le cerró los ojos a los dos. Ese fue su contrato, y lo honró.

El olvido, con inventario

Ahora viene la parte que duele, y Valle pidió expresamente que se dijera:

“Lo tengo que decir. Al que le gusta, le gusta; y al que no, igual.”

El inventario del abandono, en sus palabras: desde agosto del año pasado no cobra su plaza en el deporte de La Habana del Este por un problema de licencia que nadie resolvió.

Su carro está en baja técnica desde un accidente en 2023 que casi mata a su esposa —nadie apareció ni con un parabrisas.

La ropa que le entregan a las glorias deportivas el año pasado no se la dieron. Y lleva cuatro años intentando trasladar los restos de su mamá sin conseguir un transporte.

“Tú dices: bueno, ¿dónde estaba todo aquello que era tan lindo? No todo el mundo es el que sube a un podio olímpico o mundialista a saludar la enseña nacional. Lo mejor de mi juventud se lo entregué a mi país y a mi deporte. Y es muy malo sentirse en el olvido.”

“A mí nadie me pregunta qué come Valle, qué hace Valle, cómo está Valle.”

Es la tercera casa donde este archivo escucha el mismo silencio: la pared de medallas de Braudilio Vinent en La Maya, los 150 pesos de gloria de Junco en Matanzas, y ahora el inhalador de Valle en La Habana del Este.

Tres provincias, tres monstruos, un solo abandono.

Con un detalle amargo de más: los que sí lo han ayudado —con el cáncer de su hermana, con la enfermedad de su esposa, con el asma— son sus compañeros de allá afuera.

El Duque el primero. Arocha. Los que se fueron cuidan al que se quedó.

“Juré que más nunca me vestía de Industriales”

Cuando le preguntamos si volvería a trabajar en el béisbol, la respuesta tuvo dos capas.

La primera, una herida que no cierra:

“Yo juré que más nunca me vestía de Industriales. Hay heridas que no se cierran, por mucho que tú trates.”

La segunda, el hombre que no puede dejar de ser:

“Apoyar aquí, allá, lo que haga falta —siempre se ayuda. Pero no te llaman para nada. No te citan para nada. Entonces dices: bueno, me quedo en mi casa.”

El brazo que le dio dos campeonatos a la capital, el que El Duque —cuatro anillos de Serie Mundial— señala como el mejor que vio en Cuba, está sentado en una casa de La Habana del Este esperando una llamada que no llega.

Su único plan: irse a pescar de vez en cuando.

El rey y el peón

Le pedimos un mensaje para el niño que empieza hoy, y Valle respondió con la sabiduría del que ya hizo las cuentas de la vida.

Primero la familia, después la disciplina y el sacrificio. Y una regla de oro:

“No olvidarte nunca con quién te comiste un pan con tortilla o te tomaste un vaso de agua con azúcar. Cuando tú vas subiendo por la escalera de la vida, al que viene bajando, míralo —porque cuando tú vengas bajando lo vas a ver también.”

Y cerró con una parábola de ajedrez que le escuchó a un filósofo, y que le sirve de resumen a toda esta serie de glorias olvidadas:

“En el ajedrez, la pieza principal es el rey, y la que menos vale es el peón. Pero al final del juego, todos van para la misma caja.”

En Cooperstown guardan su memoria.

En Cuba no le guardan ni el salbutamol.

Que por lo menos su público —el que todavía lo saluda en cada esquina, el único reconocimiento que dice que le importa— sepa cómo está Valle, qué hace Valle, qué come Valle.

Ya que nadie más lo pregunta, lo preguntamos nosotros.

Entrevista realizada en Cuba por el equipo de Recta al Pecho, con cuestionario y dirección de Eliam Marrero Bernal. Las declaraciones de Lázaro Valle están tomadas textualmente de la conversación grabada, disponible íntegra en nuestro canal de YouTube.