Es el lamento oficial de cada peña deportiva: los peloteros cubanos de los 80 eran mejores que los de ahora.

Y descansa sobre una trampa lógica perfecta —comparar a una generación que nunca tomó el examen con una generación que lo toma todos los días.

Este es el desmonte final de la serie: los de hoy no son peores. Son los primeros a los que sí les pusieron la prueba delante.

Y la están pasando con premios de Más Valioso.

El razonamiento del mito es siempre el mismo, y suena impecable en una esquina caliente: aquellos equipos de los 80 eran unos trabucos que ganaban todo; mira la Serie Nacional de hoy, que da pena. Los de antes eran mejores.

Hasta los propios protagonistas de esta serie lo sostienen.

Juan Carlos Millán nos dijo que aquellos equipos “eran mejores que los de ahora” y que se jugaba con más amor.

Lázaro Valle recuerda que el que se quedaba fuera de la preselección de entonces “hoy en día hubiera sido primer pitcher del equipo C”.

Y en algo tienen toda la razón —pero no en lo que el mito cree.

Porque el argumento comete la trampa de comparar dos cosas que no son comparables: una liga con una generación.

La liga sí era mejor. Los peloteros no.

Concedamos lo que es verdad

Porque lo es: la Serie Nacional de los 80 era muy superior a la de hoy.

Doscientos atletas de élite concentrados en una sola liga, entrenando como profesionales de lunes a sábado, sin que se les fuera nadie.

Cuatro equipos de aquella época le ganaban a cualquiera de los de ahora —en eso Millán tiene razón matemática.

¿Pero por qué la Serie Nacional de hoy da pena?

No porque Cuba haya dejado de producir peloteros.

Porque los peloteros se van.

La liga de hoy es un semillero saqueado: cada talento que despunta sale por Dominicana a los 16, 18, 20 años, rumbo al béisbol de verdad.

Lo que queda en los estadios de la isla es lo que todavía no se ha ido —más los apagones, el éxodo de entrenadores y un país desplomándose alrededor del terreno.

Comparar la Serie Nacional del 85 con la del 2026 no compara generaciones de peloteros: compara una liga que retenía el 100% de su talento a la fuerza con una liga a la que el talento se le escapa por todas las costuras.

La pregunta correcta no es “¿dónde está mejor la Serie Nacional?” —es “¿dónde están los peloteros cubanos de cada época, y qué demostraron donde jugaron?”

Y ahí el mito se derrumba, porque los de los 80 están en las vitrinas de Cuba… y los de ahora están en las vitrinas de las Grandes Ligas.

El examen que unos nunca tomaron y otros pasan todos los días

Recordemos qué demostró de verdad la generación dorada, porque esta serie ya lo auditó pieza por pieza: dominó a estudiantes universitarios con bates de aluminio, fabricó promedios de .400 con una pelota viva, y cuando alguno llegó a probarse contra profesionales de verdad —Linares en Japón— el resultado fue .246.

Su grandeza real es incuestionable en su contexto; su superioridad sobre cualquiera es un acto de fe, porque el examen nunca lo tomaron.

¿Y la generación “inferior” de hoy?

Esa toma el examen todas las noches, contra los 750 mejores peloteros del planeta, con bate de madera, y este es su boletín de calificaciones:

José Abreu — Más Valioso de la Liga Americana y Novato del Año.

Yordan Álvarez — Novato del Año, campeón de Serie Mundial y uno de los bateadores más temidos del planeta.

Jorge Soler — Más Valioso de una Serie Mundial.

Yuli Gurriel — título de bateo de las Grandes Ligas y anillo de campeón.

Aroldis Chapman — el lanzamiento más veloz jamás registrado en la historia de MLB y campeón de Serie Mundial.

Randy Arozarena — Novato del Año y dueño del récord de jonrones en una postemporada.

Premios de Más Valioso. Títulos de bateo. Récords históricos de velocidad y de postemporada. Novatos del Año en serie.

Ni un solo pelotero de la generación de los 80 tiene una sola línea comparable en el nivel donde esas líneas significan algo —no porque les faltara talento, sino porque nunca estuvieron ahí.

Y esa es exactamente la diferencia entre las dos generaciones:

Una tiene mitología; la otra tiene expediente.

Díganme ustedes cuál lógica sobrevive: ¿la generación cuyos mejores números se fabricaron contra colegiales con aluminio era superior a la generación que gana premios de Más Valioso contra los mejores del mundo?

Las entrevistas de esta serie —Millán, Valle, Scull, Anglada, Pierre y más— están completas en nuestro canal.

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Lo que sí perdimos — y no era talento

Ahora bien, el mito existe porque algo real duele detrás de él, y hay que nombrarlo con respeto.

Lo que los fanáticos añoran de los 80 no eran mejores peloteros: era una pelota completa.

Estadios llenos, rivalidades enteras, los 200 mejores del país repartidos en la misma liga, el amor a la camiseta del que habla Valle, el respeto de vestuario, los fundamentos pulidos por entrenadores que venían del profesionalismo viejo.

Todo eso era verdad, y todo eso se perdió —no porque los muchachos de hoy sean peores, sino porque el sistema que encerraba el talento se quebró, y el talento hizo lo que hace el agua: buscar su nivel.

El nivel del talento cubano de hoy se llama Houston, se llama Chicago, se llama la Serie Mundial.

La nostalgia confunde el vaciamiento de la liga con la decadencia de la estirpe.

La estirpe está mejor que nunca —solo que ya no juega donde la nostalgia la busca.

El cierre de la serie

Cinco mitos entraron a este expediente y cinco salieron desmontados:

1. Los invencibles que vencían estudiantes.

2. La superestrella que nunca se probó.

3. El Mago que pierde en todas las tablas.

4. La pelota muerta que volaba.

5. Los abuelos superiores.

Todos los mitos tenían la misma fábrica: una liga cerrada que se midió sola durante cuarenta años, se declaró la mejor del mundo, y le vendió el veredicto a un pueblo sin más información que la que le daban.

No fue culpa de los peloteros —ellos pusieron el talento, el sudor y hasta la fe.

Fue el sistema el que necesitó convertir a sus rehenes en dioses, porque un dios no necesita irse, y un rehén sí.

La mejor generación de peloteros cubanos no es la de los 80.

Es la que está jugando ahora mismo, esta noche, contra los mejores del mundo —con la bandera en el corazón aunque no la lleven en el uniforme, porque el uniforme con la bandera se quedó en manos de los que administran el mito.

A los del 80, todo el amor y toda la memoria.

A los de hoy, algo mejor: el reconocimiento.

Con este artículo cierra nuestra serie sobre los mitos de la pelota cubana: El mito de los invencibles, ¿Linares o Gurriel?, El mito de Germán Mesa y El mito del aluminio. Las entrevistas citadas están disponibles completas en nuestro canal de YouTube.