Después de seis historias de fuga, esta es la historia del que se quedó.

El Meteoro de La Maya le dijo que no a los scouts, le regaló todas sus victorias a la Revolución, y hoy, a los setenta años, enseña sus medallas a la cámara para que alguien se acuerde de que está vivo.

En este sitio hemos contado las historias de los que se fueron. Liván saltó en Monterrey. Osvaldo brincó un muro con cristales en Curazao. Soler pasó seis meses de monte en monte hasta que entró la lancha.

Esta es la otra historia. La del que se quedó.

Y conviene leerla hasta el final, porque es la respuesta a una pregunta que flota sobre todas las demás: ¿y qué le pasó al que hizo lo que el sistema pedía? ¿Al que dijo que no a los millones, al que le dedicó cada victoria a la patria, al que cumplió?

La respuesta vive en La Maya, tiene setenta años, y en la entrevista se le salieron las lágrimas dos veces.

El Meteoro

Primero, quién es.

Porque a las nuevas generaciones se lo han dejado de contar, y eso también es parte de esta historia.

Braudilio Vinent es uno de los lanzadores más grandes que ha dado Cuba. El Meteoro de La Maya. El 35 del Equipo Cuba durante casi dos décadas de dominio absoluto de la pelota amateur mundial: campeonatos mundiales, Panamericanos, Centroamericanos.

En el Mundial de Japón, en 1980, Cuba terminó invicta con diez victorias, y el título se decidió en un juego cerradísimo contra los anfitriones: una carrera por cero.

El jonrón lo dio Antonio Muñoz. El picheo soberbio fue de Vinent.

“Una sola carrera y ya ganamos. Háganme una sola.”

Esa frase era su firma.

Denle una carrera al Meteoro y el juego se acabó.

El guajiro que cazaba gallinas de Guinea

Su brazo no salió de ninguna academia.

Salió del monte.

“Yo vivía en el monte. Yo salía a cazar la gallina de Guinea con la mano. Ellas volaban y yo le tiraba al voleo. A veces daba, a veces no daba.”

Un muchacho tirándole piedras a pájaros en vuelo, en Jarahueca, siguiendo a su madre a la zafra del café.

Ana Serrano y Marcos Vinent, gente de monte y de trabajo; ella, la viejita fuerte a la que él no le perdía pie ni pisada.

De ahí a las liguitas de mano limpia en los terrenitos de La Maya, y de ahí —porque tiraba, como él dice, 90 millas desde guajiro— a los juveniles y a la primera categoría, donde, según su cuenta, ganó dieciséis juegos en su primer año.

“Estaban locos por firmarme”

Aquí está el momento de la decisión, contado por él sin dramatismo ninguno:

“Estaban locos por firmarme. Lo que pasa es que yo no quise nada.”

Los scouts lo vieron. Los dominicanos que se le paraban en el cajón a hacerse los guapos lo comprobaron de cerca.

Los compañeros que después llegaron a la pelota profesional se lo decían en la cara:

“Compadre, tú estabas para Grandes Ligas.”

Y él dijo que no.

Todas las veces.

Con una frase que repitió durante décadas y que repite todavía hoy, con la voz quebrada:

“Pusieron todos los millones y yo dije: no, la victoria es para mi Cuba.”

Ese era el trato. Él cumplió su parte completa.

▶ Entrevista completa con Braudilio Vinent

La pared

En su casa de La Maya, Vinent tiene una pared.

Es el archivo de su vida y es también la prueba de su reclamo.

Ahí están las medallas: mundiales, Panamericanos, todo.

Y ahí están las fotos: con Fidel, con Raúl, con Almeida, con el comandante Villanueva, con Ramiro. Él en primera plana, al lado de los jefes, en los días en que el Meteoro era el seguro del Equipo Cuba.

“Mira, ahí está. Comandante Villanueva, Ramiro, Raúl. Ahí está, en primera plana. Y estoy aquí. Y no es feo decirlo. Yo tengo que decirlo, porque el que está sufriendo soy yo.”

Esa pared es el contraste más brutal que ha pasado por este canal.

Porque el hombre de las fotos con los comandantes es el mismo que hoy dice esto:

“Para mí es difícil ir para allá a comprar un poco de arroz y todo. Pero bueno, no estoy reclamando eso.”

“Aquí no viene nadie”

Lo que Vinent reclama no es dinero.

Escúchenlo bien, porque él mismo se encarga de aclararlo una y otra vez, con la dignidad del que —son sus palabras— el que merece no pide:

“No estoy pidiendo limosna. Ni voy a vender una medalla, ni voy a vender nada.”

Lo que reclama es otra cosa.

Más elemental y más grave:

“Aquí no vienen ni a visitarme. ¿Quién viene a traerle un engaño a mis hijos, para que ellos vean lo que su papá…? Ni eso.”

Un engaño.

En cubano de campo: un detalle, una atención, un gesto.

Ni eso llega a La Maya.

Ninguno de los que salen en las fotos de la pared, ninguno de los organismos que colgaron esas medallas en su pecho, pasa a ver si el Meteoro está vivo.

Y entonces dijo la frase que a mí me parece el título verdadero de esta entrevista:

“Quiero que me tengan presente. Que se acuerden de la alegría y la emoción que le di al pueblo de Cuba y a todos los cubanos. Que sepan que estoy vivo, que no me he muerto.”

Un doble campeón del mundo pidiendo que le confirmen que existe.

El maestro al que apartaron

Hay una capa más en este abandono, y es quizás la más absurda de todas: Cuba no solo dejó de atender a Vinent como gloria.

Dejó de usarlo como recurso.

El hombre vive rodeado de la cantera de Santiago. Ve a los muchachos, ve los brazos, ve el talento sin pulir que él mismo fue hace sesenta años.

“Ahí está la cantera. Hay muchachos con bastante calidad. Lo que pasa es que hay pocos técnicos y no le dan seguimiento. Yo se lo digo a los directivos: este es el futuro de ustedes.”

¿Y a él, que campeó dos décadas en el Equipo Cuba, que fue el guía del cuerpo de lanzadores junto a Rogelio García y Julio Romero?

“Lo apartan a uno para un lado. Yo ni voy por allá.”

El país que se queja de que su pelota se derrumba tiene a uno de sus profesores más grandes sentado en La Maya, y no lo llama.

Sin una palabra contra los que se fueron

Anoten esto, porque habla del tamaño del hombre: en toda la conversación, Vinent no dijo una sola palabra contra los peloteros que se fueron.

Ni contra los que firmaron millones.

Ni contra nadie que tomó el camino contrario al suyo.

Su reclamo va completo hacia otro lado:

“Hay muchos dirigentes aquí a los que no les gusta el deporte. Deberían preocuparse un poquito más por la gloria del deporte que lo dio todo.”

Y en un momento, mirando la cámara, mandó el mensaje directo, sin intermediarios:

“Ellos saben que yo estoy aquí. Los que quedan ahí saben que estoy aquí. A la familia hay que atenderla. Hay que atender a Braudilio Vinent.”

Las dos caras de la misma moneda

En este archivo ya está la historia de Yadel Martí, que tiró 0.00 en un Clásico Mundial y lo borraron por perder un juego.

La de Eduardo Paret, al que le quitaron cuatro años por una llamada.

La de Osvaldo Fernández, que iba a lanzar al Latino guindando de una guagua.

Todos ellos se fueron, y el sistema los llamó traidores.

Vinent se quedó.

Hizo todo lo que pedía el discurso: rechazó los millones, dedicó las victorias, posó en las fotos.

Fue, en sus propias palabras, el seguro.

“Yo era el seguro. Y que te abandonen así…”

Y terminó igual que ellos:

Borrado.

Esa es la conclusión que este archivo lleva meses documentando, entrevista por entrevista, y que la historia de Vinent sella:

No importaba si te ibas o te quedabas. El sistema no premiaba la lealtad ni castigaba solo la fuga. Simplemente usaba, y cuando terminaba de usar, soltaba.

La diferencia es que los que se fueron, al menos, recibieron algo a cambio de lo que dieron.

Al que se quedó le quedó una pared.

“Si me muero, me muero con el sentimiento de haber visto cosas”

Que este artículo sirva para lo único que él pidió:

Que se sepa que Braudilio Vinent, el Meteoro de La Maya, el 35 del Equipo Cuba, está vivo.

Y que Cuba —la de adentro y la de afuera— le debe mucho más que un engañito.

Entrevista realizada en Cuba por el equipo de Recta al Pecho, con cuestionario y dirección de Eliam Marrero Bernal. Las declaraciones de Braudilio Vinent están tomadas textualmente de la conversación grabada, disponible íntegra en nuestro canal de YouTube.