Cinco victorias, ninguna derrota, 44 entradas, 51 ponches, cero carreras. Ese es el registro internacional completo de Piro Barreiro con el equipo Cuba, según su propia cuenta. Un pitcher al que ningún rival le anotó jamás con la camiseta nacional debería tener el nombre en algún muro. No lo tiene. Duró dos años en el equipo, se le acabó el brazo y el sistema pasó la página.
Lo contó en Miami, en su casa, frente a Eliam Marrero Bernal, con un álbum de fotos a mano. Habla de la pelota con gusto; de lo que la pelota le pagó, con una cifra.
Las calles de Poey

Nació el 17 de marzo de 1949 y se crió entre Poey y Parra, en el sur de La Habana, cambiando de casa cada tanto por las calles que desembocan en el Ciro Frías. El apodo viene de la cuna: dicen que parecía «una pirita de esas de luz», y como era varón fue pirito hasta que a los ocho o nueve años se quedó en Piro. «Casi nadie me decía Luis.»
Vio construir el Ciro Frías desde los cimientos, cuando el terreno era «un yerbazal completo», y de ese barrio recuerda a Raúl Reyes, a Rudy Reyes, que vivía patio con patio, a Orlando y Osvaldo Fernández y a Changa. Pero el recuerdo que lo hizo pelotero fue otro: la primera vez que subió por la rampa del estadio del Cerro y vio a Panchón Herrera en la primera base del Habana contra el Almendares. «Yo dije: pues yo algún día tengo que ser algo.» Esa pelota profesional, la que el relato oficial borró, es la que él señala como la mejor que se ha jugado en Cuba.
Un servicio militar de 110 pesos
Empezó organizado en 1966, con el juvenil de Industriales que ganó la serie en Las Villas, y al año siguiente con un juvenil de La Habana que arrasó hasta coronarse en Santiago de Cuba. Hizo dos equipos Cuba juveniles. Con el segundo iba a viajar a Canadá; el viaje se cayó y los canadienses vinieron a jugar al Latino.
A los 16 o 17 años le tocaba el servicio militar. Un ojeador del Minint, Luis Conforti, fue a su casa por mediación de Changa o de Marquetti y le dejó una dirección: cuando lo llamaran, que avisara. Así pasó dos años, en lugar de los tres de las FAR, en el equipo uno del Minint, el de los estelares, con Changa, Marquetti, Cordobí y Despaigne.
«Por lo menos a mí me pagaban 110 pesos. No tenías que vestirte de nada, simplemente ir a las prácticas y a jugar pelota con el equipo y después te ibas para tu casa.»
Había una casa en Luz Caballero para almorzar, desayunar y dormir si uno quería. «Fue una cuestión prácticamente deportiva», dice; ni él ni varios de sus compañeros vieron una unidad militar, y a Changa nunca lo vio vestido de verde olivo. Eso era el amateurismo cubano en los años sesenta: un sueldo, una casa y entrenamiento a tiempo completo con otro nombre.
De utility a cerrador del Habana
En 1968 llegó al Habana campeón de Coco Gómez como utility de cuadro, en un equipo con Tony González en el short y Germán Águila en tercera. No había dónde ponerlo. Lo mandaban al jardín cuando se lesionaba Arturo Linares, le vieron el brazo, sabían que había lanzado en juveniles y le preguntaron si podía relevar. Dijo que sí.
«El picheo es la figura prácticamente clave en el equipo. Yo quería que la gente viera todo lo que yo hacía.»
Su primera Serie Nacional cerró con un juego ganado, uno perdido y 32 entradas. En 1969 estaba en el bullpen del Habana la noche en que Changa ponchó a 20 de Camagüey, y ese equipo ganó la serie. De Changa le queda una base por bolas que le dio de emergente, con el zurdo «volado de duro», y una frase: «Todo el mundo tiene que hablar bien de él.»
También carga, con humor, una marca negativa: Modesto Gil, pitcher de Camagüey, le dio jonrón en el noveno de un juego empatado a dos y, con Piro ya desabrochándose los spikes en el dugout, dio el segundo de la misma entrada. «Lo tengo que mantener ahí porque sucedió.»
Nadie le hizo carrera
Con el brazo lastimado se perdió la Serie de los Diez Millones, y en 1973 inauguró Constructores, el equipo nuevo de la capital. Ese año hizo por primera vez el equipo Cuba, en una preselección de 65 peloteros para quedarse 25. En el Mundial de La Habana ganó tres juegos sin perder ninguno, el que más ganó junto a un puertorriqueño y a Julio Romero. En 1974 repitió en los Juegos Centroamericanos de Santo Domingo.
«Yo nunca internacionalmente permití carrera, ni limpia ni sucia. Y di 51 ponches en 44 innings.»
Se asombró entonces y se asombra ahora de que Changa, el ídolo de su barrio, quedara fuera de esos dos equipos mientras llevaban a Mario Fernández, «que no tenía ni la misma velocidad». No ofrece la explicación; la deja sobre la mesa.
En la Serie Nacional iba 7-3 cuando el torneo se detuvo para ir a Santo Domingo; el año anterior había ganado 10 y perdido 3. Y por todo eso, la cuenta que abre y cierra la entrevista:
«¿Tú sabes cuánto nos pagaban a nosotros en la Serie Nacional? No siempre, cuando empezaron a pagarnos algo, porque yo jugué seis Series Nacionales. Un peso diario.»
El pitcher invicto del equipo Cuba cobraba menos en la Serie Nacional que de recluta en el Minint. Un peso al día no es un estipendio amateur: es un salario, y era el salario de un campeón mundial.
El brazo, Fajardo y la casa
En Santo Domingo sintió que la pelota pesaba distinto y el brazo le avisó. No le hizo caso. Al volver a la Serie Nacional empeoró, y en la preselección para Japón, internados en el estadio, ya no llegaba al home calentando. Lo mandaron al Fajardo y no avanzaba. Un día recogió sus cosas y Sergio le preguntó para dónde iba.
«Yo voy para mi casa porque yo no me siento bien del brazo y yo no voy a seguir aquí. Ya yo no llegaba ni a home.»
Fueron a buscarlo, lo devolvieron al Fajardo, lo trataron sin resultado, y en 1974, con 25 años, dejó el béisbol. Seis series, un brazo y adiós. Tiraba recta y curva, «ni siquiera un cambio», y con eso se enfrentó a todos los leones de su época. El que mejor le bateaba, Carlos Cepero, hoy es amigo suyo. Como bateador le dio jonrón a Juan Pérez Pérez y a Julio Romero, dos pitchers de equipo Cuba, sin practicar nunca el bateo.
En 1980 tuvo el Mariel en la mano y no se fue. «Una falla de esas que tiene uno en la vida.» Se quedó catorce años más, entrenando muchachos en Managua, donde dice que levantó un equipo de campo.
Dominicana, los Dodgers y Miami
Salió de Cuba en 1994 hacia República Dominicana. Un sábado, desde un hotel provisional, caminó hasta los terrenos de la universidad en Santo Domingo, miró cómo trabajaban los entrenadores y les dijo que venía de Cuba y había jugado. Le dieron un teléfono y lo llamaron. El gerente de la academia de los Dodgers tenía a su hijo entrenando allí, lo vio trabajar y lo llevó a Las Palmas como coach de picheo, de 1994 a 2001. Por sus manos pasó una generación de ligas menores de la organización, incluido un hermano de Vladimir Guerrero que llegó hasta Triple A.
En 2001 llegó a Estados Unidos. Aquí no buscó un terreno. «No, aquí no quise hacer nada.» Lleva 25 años viendo pelota, comentarios y entrevistas desde su casa en Miami. Hace cuatro o cinco años que no va a Cuba, y la pelota que transmiten desde allá ya no la mira: «no me da deseo de ver la pelota de Cuba ahora, no sé qué pasa». Para él, el declive empezó cuando se acabó la liga profesional y no se ha detenido.
Piro Barreiro tiró 44 entradas por Cuba y ninguna carrera cruzó el plato. A cambio recibió un peso diario, un brazo que nadie supo curar y un retiro a los 25 años sin nadie que lo despidiera. Esa es la injusticia: un país que le cobró el brazo entero y le pagó como a un recluta, y que hoy no sabe que lo tuvo.
La entrevista completa con Piro Barreiro está en el canal de YouTube de Recta al Pecho.







